De las páginas de Las Criaturas del Vacío
I
Ella camina, alegre y deshinibida, por las calles de la ciudad. La medianoche se aproxima, pero no le importa. Está fascinada. Acaba de ver la que considera la mejor película de la historia. Twilight. Tiene 16 años, podemos perdonarla.
Por primera vez, se enamoró de un personaje. No sabe como lidiar con eso. Siente esa criaturas, planas y vacías, más cercanas a su mundo que quienes son materia. ¿Pero cual es su mundo?
Ese infierno llamado adolescencia. Inseguro período repleto de dudas y vanalidades, de llantos pueriles y mundos que acaban a diario entre gemidos ahogados, chismes absurdos y mentiras insanas.
Piensa en él. En las imágenes, en los sonidos. Todo es vacuo, en realidad. No hay reflexión posible. Pero eso no importa. Su imaginación, poco a poco, cubre los baches. Ahí donde nada hay, materializa algo. Porque ya comenzó el proceso de idealización de la mediocridad.
Lo daría todo por vivir lo que atestiguó. Por sentir lo que, intuye, sintió Isabella. Fiebre y candor. Una caricia furtiva, un beso esquivo. O algo así.
–Quiero un vampiro –murmura mientras camina. No sabe que lo dijo. Cree que lo pensó. Tampoco importa, nadie ha oído sus palabras.
Mucho menos el tipo que vigila desde un tejado aledaño. Aunque la ve, él no tiene su atención centrada en ella en particular. Le interesa el área en general.
Doce adolescentes han desaparecido en las últimas semanas en la ciudad. Si se exceptúa su edad, no tenían nada en común. Ni religión, ni clase social, ni sitio de estudios, ni actividades extracurriculares. Nada. Se las busca sin mucho esmero ni compromiso. Sólo son críos en fuga. Todos saben que no volverán cuando tengan hambre, la combatiran con ventas, sean drogas, sean sus propios cuerpos. Pero no volverán. Y a nadie le importa. Así es la vida en este jodido país.
En condiciones normales, al tipo sobre el tejado tampoco le importaría. Pero esto es diferente. Un loco se lo dijo. Y sabe bien que los dementes siempre están en lo cierto.
En la vereda, la chica continúa su camino, perdida en los laberintos que forman sus pensamientos. Demanda amor, un sentimiento que cree comprender. Cree, como creyó algún filósofo ebrio de intelectualidad en la larga noche del Medioevo, que sólo existen cuatro formas de amor. Y está bien. Vivir en una burbuja, ajeno a la realidad, es un derecho propio de la adolescencia.
Imagina al tal Edward Cullen a su lado. Caminan a la par. Él roza su antebrazo. Su piel se torna carmesí. Siente frío y calor a un mismo tiempo. Una legión de putas mariposas con síndrome de dawn revolotean en sus tripas, se estrellan contra sus intestinos en plan kamikaze, porque incluso la muerte es preferible a estar ahí dentro.
No está lista para esto. Para nada de esto. Bailó en un caño e hiz un streaptease para alguien, usa lencería erótica y ha tragado semen. Pero no sabe lidiar con las emociones. No aún. Y tal vez nunca.
–Quiero un vampiro –murmura de nuevo, ahora conciente de hablar y no sólo pensar. Fue involuntario. Pero cree que fue oída. Hay alguien cerca, puede escuchar los pasos, la respiración. No es el personaje que quisiera arrancar de su imaginación y materializar ahí, junto a ella.
Debiera ser más cuidadosa con lo que desea. Los anhelos nunca se hacen realidad, pero los dioses tienden a burlarse de los sueños humanos con frecuencia.
Desde el tejado, el tipo observa la escena. Alguien la ataca por la espalda. La empuja primero contra una pared. No es un acto de intimidación. No es un asalto. El propósito es lastimarla un poco para evitar que escape. Ella choca contra la pared y cae al piso, dolorida. No grita, no intenta llamar a nadie. La sorpresa es absoluta.
Luego el agresor, un sujeto de unos dos metros, vestido de negro, el rostro parcialmente cubierto con una capucha, la toma por el cabello y la arrastra por la vereda. Están a pocos metros de la esquina. Recorren la distancia rápido. Muy rápido. Demasiado. Ningún ser humano podría hacer algo así.
–Hora de trabajar –dice, quizás para insuflarse coraje, aquel en las alturas.
II
Está dolorida en un rincón. Tiene incontables hematomas en el cuerpo. En especial en la espalda. Sintió que la linchaban. Las puertas del lugar están abiertas. Pero no podría escapar. En su estado actual apenas puede caminar. Nunca lograría correr. Está aterrorizada. La secuestraron. Quería vivir una escena de un film. Lo tiene. Imagina al dios de sus padres riendo a sus expensas en alguna nube.
No llora. El temor es demasiado fuerte, demasiado poderoso para permitirle algo así. No sabe que harán con ella. Quizás la tomaron por error. Su familia no tiene dinero para pagar un rescate, pero eso no importa. Ni los golpes ni el crimen cometido la asustan tanto como esos rostros.
Vio parte de las caras de sus captores. Pieles amarillas. Colmillos afilados, color ocre, como los de primitivos predadores que abandonaron esta tierra cuando un meteoro impactó en Yucatán, millones de años atrás. Encías sangrantes. Y nada de eso es lo peor. Lo peor es el nauseabundo hedor que emana de sus cuerpos. No lo sabe, pero están impregnados del olor de la muerte. La de otros. Y las suyas.
Hablan una lengua que le es extraña. Muchas de las palabras están compuestas por sonidos de lenguas árabes. O lo que ella cree lenguas árabes, lo que las películas de acción norteamericanas le dijeron que son las lenguas árabes.
Sabe que está a dos o tres cuadras del sitio donde la atacaron. Fue arrastrada todo el trayecto, no puede ser una distancia mayor. No se pregunta aún por qué nadie intentó ayudarla.
La capturó un indivuo. Otros dos esperaban en este lugar. La golpearon sin explicación alguna y la arrojaron a un lugar sin muebles. Ahora están en la habitación contigua. Puede oírlos. Sabe que nada bueno le aguarda. Este mundo no posee héroes que vayan a su rescate.
La puerta se abre ahora. Los tres sujetos ingresan. Intenta no mirarlos, pero es infructuoso. Los contempla, encandilada por la abrumadora dimensión del horror que vive. Son inmensos. Sus manos, acabadas en largas y desprolijas uñas infectas con hongos, son demasiado grandes. Uno se relame sus encías. La lengua es demasiado larga y puntiaguda. Los ojos, blancos en su totalidad, brillan espectrales en la penumbra. ¿Qué desfiguró a estos hombres? piensa.
Uno gruñe una frase. Por la entonación, ella comprende que dio una orden. Los otros dos sacan del interior de sus vestiduras unos extraños cuchillos.
El pánico se materializa en la garganta de la chica. Nudo es. Presiona los músculos alrededor de los ojos. Los párpados se acercan, pero no se unen. Aún ve. Las lágrimas le nublan la vista, pero no por completo. Aún ve. Y escucha. Los pasos, arrastrados sobre el piso sin baldozas. Las respiraciones, cortadas, copiosas, como las de los cerdos exhaustos. Y huele. El hedor fétido y nauseabundo de sus mugrientas ropas. Y siente ya. El aliento putrefacto del primero de ellos impacta contra su delicada piel. La fría hoja del cuchillo acaricia su yugular. Degusta su propia saliva, que hierve, que se aglutina en su boca, que intenta huír como una catarata de emociones.
Sabe que morirá, aunque no puede comprenderlo. Lo sabe.
Y entonces ocurre lo único que puede ocurrir. Una voz resuena en el lugar. La atención de los captores va de la chica al recién llegado.
–Varg –gruñe el que parece el líder.
El otro no responde. Esboza una sonrisa. La chica lo mira. Se ve muy seguro. Y su rostro es normal.
Uno de los captores se acerca al intruso con extremo cuidado, cuchillo en mano. Mide la distancia. Se prepara para saltar sobre él.
–Si vas a hacer algo que sea ya. No tengo toda la noche –dice el tipo.
El otro se avalanza sobre él con intención de apulañarlo. Es inútil. Lo recibe con una patada en el pecho. Cae de inmediato.
–No sos tan impresionante cuando te retorcés en el suelo –le dice. Al parecer, le resulta divertido.
El que parece el líder de los captores exclama algo, quizás un insulto. El recién llegado se encoje de hombros. No lo entiende. Pero sabe que el otro comprende sus palabras.
–La última vez que te vi, Shyab, huías con las tripas colgando de tu abdomen. Sobreviviste por accidente. Debiste permanecer fuera del radar. Pero acá estás.
El líder arroja al aire otra frase ininteligible. Su único subordinado en pie ataca al intruso. Este cae más fácil que el anterior. Basta un empujón.
–Están en ruinas, Shyab. Y vos debés estar peor. Nunca te gustó que otros hicieran tu trabajo sucio. ¿Por eso buscan adolescentes, verdad? Débiles, pero con suficiente sangre para alimentarte. Aún no te repusiste del todo desde nuestro último encuentro, aunque te sobró el tiempo para hacerlo. ¿Tu jefa te dio orden de ser discreto?
El tal Shyab no responde. Desvía la mirada, avergonzado.
–Sí. Es eso. No te ayudaron. A causa de tu fracaso, te ordenaron arreglartelas solo. Y en silencio, para perpetuar tu agonía. Y la de estos dos.
El par de subordinados comienzan a ponerse en pie. Toman sus cuchillos. Se alistan para un nuevo ataque.
–¿Estuvieron en Sol Dormido el año pasado? ¿Por eso están en tan deplorables condiciones? Pensé que eras más duro, Shyab.
Los dos captores se avalanzan al unísono sobre el hombre. Él los esquiva. Pate la espalda de uno, jala por el cuello y azota contra una pared al otro.
–¿Dónde alquilás tus matones, Shyab? ¿En las Hermanitas de la Caridad? No son siquiera una sombra de lo que solían ser.
Shayb estalla en ira. Grita una frase y rasga sus ropas. Queda en medio de la sala, con el torso desnudo. La chica lo contempla estupefacta, presa del horror. No es sólo el tono amarillo de la piel. No es sólo la boca deforme, ni los ojos blancos. Todo su cuerpo es extraño. En su espalda se marcan los huesos de cuatro columnas vertebrales. En los antebrazos hay llagas abiertas que segregan un líquido carmesí, son como pequeñas bocas dispuestas simétricamente, seis en cada extremidad. La mandíbula nace en la parte posterior del cráneo. Su frente es de al menos seis dedos de alto. Y en el pecho hay una hendidura abierta, puede ver sus órganos. Grita. Grita Shyab, profiere incomprensibles amenazas; grita ella, atemorizada hasta el más inpensado de los límites a causa de un horror desconocido. Y grita el recién llegado. Pero no con asco. No con ira. No con miedo. Si no con odio.
El tipo lleva una mano a la cintura y desenfunda una pistola calibre cuarenta y cinco. Apenas se toma el tiempo para apuntar. Shyab se avalanza sobre él. Jala el gatillo. El disparo da en el hombro. La criatura cae de inmediato, se revuelca en el piso a causa del dolor.
–¡Varg! –exclama.
–Shyab –murmura él. Se aproxima, apunta a la espalda y dispara una segunda vez. La bala destroza una de las columnas. Jala de nuevo, esta vez le vuela una mano. Continúa hasta vaciar el tambor. Recarga y se ocupa ahora de los otros dos. Guarda el arma y contempla el sitio por un momento. Su atención, ahora y sólo ahora, recae en la chica en el rincón. Está aterrada, pero no en shock.
–Supongo que deberías irte –le dice.
Ella abre los ojos, confundida.
–¿Quién... quién sos vos? –pregunta.
–Varg –responde él, como quien explica el resultado de sumar dos más dos.
Por un momento no hablan. Miran a los tres seres en el piso. Se retuercen. Aún están vivos. Ella no puede creerlo. Si Varg está sorprendido no lo demuestra.
–¿Vos tenés nombre? –pregunta él.
–Ca... Camila.
–Bien, Camila, voy a ayudarte a ponerte en pie. Si no podés caminar, puedo llevarte a la calle para que tomés un táxi. Te sugiero no comentar esto, nadie va a creerte.
–¡Para! –exclama la chica.
–¿Qué?
–¿Quién sos vos?
–Varg, ya te dije. Me llamo Ian Varg.
–Pero... pero...
–¿Pero qué?
–¿Qué pasó acá?
–Te raptaron. No ibas a sobrevivir a esta noche. Yo vine y vacié dos cargadores en los cuerpos de los tipos malos. Ahora podés seguir con tu vida.
–Vos los conocías de antes...
–Por supuesto.
–Pero... eso... no son...
–Camila –interrumpe la dubitación.
–¿Qué?
–Mejor salgamos de acá. Ahora. Ya responderé tus preguntas.
III
Han transcurrido dos horas desde que salieron del lugar. Están sentados en un banco de una plaza pública. Ella casi ha recuperado la calma. Varg está sorprendido. En su experiencia, la gente tarda años en poder entablar una conversación tras toparse con alguna de las criaturas. Tiene que admitirlo, la chica no es del todo normal.
–¿Qué son? –pregunta ella.
–Vampiros –responde Varg.
–A mí me parecieron monstruos.
–Los vampiros son monstruos.
–Pensé que no eran reales.
–Son criaturas de la noche. Necesitan beber sangre para existir. La luz del sol los quema, aunque no los mata. ¿Cómo les llamarías?
–¿Boludos?
–Boludos peligrosos, en todo caso. Son una especie. No transforman seres humanos: así nacen. Y no son precisamente inmortales.
–¿Mataste alguno?
–Varios.
–¿Estos están muertos?
–No.
–Agonizaban cuando nos fuimos.
–No, sólo se quejaban.
–¿Entonces, si las balas no los matan, por qué les disparaste?
–Las balas les duelen.
–¿Por qué no les clavaste una estaca en el corazón para eliminarlos?
–No tienen un corazón que pueda estaquear, que yo sepa. Además, eso no los acabaría. Sólo separar la cabeza del cuerpo parece funcionar.
–Vos los conocés...
–Sí.
–¿Por eso no los mataste?
–Digamos que estos valen más vivos que muertos.
–No entiendo.
–Pertenecen a una facción. Y yo a otra. Estamos en guerra, Camila.
Silencio. Ella mira al suelo. Su calzado está manchado con sangre. Es lo bastante oscura como para poder decir que se ensució con barro, si es que alguien pregunta. Si es que alguien lo nota.
–¿Por qué me atacaron a mí?
–Porque estuviste en el lugar equivocado en el momento exacto.
–Vos...
–Yo...
–¿No fuiste a salvarme a mí, verdad?
–Vi cuando te atacaron en la calle.
–¿Pero fuiste a rescatarme?
–Los buscaba a ellos.
–¿Y?
–Y... tengo un... asociado que entiende mucho sobre estos asuntos. Sabía el área en que estaba su nido. Sólo vigilé hasta que los vi atacar a alguien.
–Eso no responde mi pregunta, Varg –lo llama por el apellido deliberadamente. Hasta este punto de la conversación evitó dirigerse a él de modo directo. Pero ya formó una opinión sobre el hombre que salvó su vida: le desagrada.
–¿Qué querés que te diga?
–Nada. Supongo que no te importa.
–¿Debería? No te conozco.
Ella no responde. Sabe que él tiene razón, pero no lo dirá. Transcurre un minuto. Dos. Tres. Al cuarto, Varg se ponde de pie.
–Me voy.
–¿Así, nada más?
–Sí.
–Esperá. Tengo muchas preguntas.
–¿Y?
–¿Cómo “Y”?
–Así como suena. Tenés preguntas, pero no querés respuestas. Hay mucho que podría decirte, pero eso no mejoraría tu vida en ningún aspecto. Lo más probable es que nunca volvás a vivir algo así. ¿Para qué complicarte? Alegrate por seguir en pie. Dios no existe y el diablo está formado por las miserias de la humanidad. No podés darte el gusto de tirar esta vida a la basura, porque no hay otra para contarlo como anécdota.
–¿Entonces eso es todo? ¿Unos vampiros tratan de comerme, salgo viva por accidente y no hay más nada que decir?
–Básicamente.
–¿Y vos qué vas a hacer?
–Caminar en sentido contrario al tuyo, Camila. Eventualmente esos tres van a recuperarse. Su cuerpo se va a regenerar. Tengo mucho que hacer.
–Van a volver a matar a quien esté en el lugar equivocado en el momento justo.
–Tal vez.
–No parece importarte.
Silencio. Varg contempla la ciudad, indiferente ante la presencia de los seres oscuros que pueblan sus calles. La ciudad. Y él. Enciende un cigarrillo.
–Me importa, a mi manera. Te lo dije: hay una guerra. Esto no fue ni siquiera una batalla, fue un mero cruce de disparos. En condiciones óptimas, no podría haber ganado. No sin esfuerzo, al menos. Los monstruos... están ahí. Tenemos que lidiar con ellos, como lidiamos con todo. Necesito que sobrevivan para que puedan guiarme, eventualmente, con los suyos. Les disparé para incapacitarlos por un tiempo, para que no maten a nadie mientras esto se resuelve.
–¿Vas a poder repetirlo, entonces?
–Sólo necesité doce balas. Y tengo miles.
Ahora le da la espalda. Y camina. Se aleja. Pronto se funde con la oscuridad. Ella no intenta detenerlo. Sólo sube los pies al banco, rodea las piernas con los brazos y apoya la mejilla izquierda sobre sus rodillas. Suspira. De un momento a otro su concepción del mundo cambió irremediablemente. Su vida de estudiante de secundaria, gris y aburrida, nunca volverá. Ahora sabe que los monstruos son reales.
–Quiero un vampiro –murmura.
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