Capítulo IX
Sueña Conmigo
Apoyo mis rodillas en los hombros de Miguel. Sujeto su mentón con la mano derecha. Con la izquierda empuño mi daga.
-Es el final-le digo.
-Lo será, si es voluntad de mi padre.
-Tu padre está en todas partes, mensajero, pero te ha abandonado.
Con visceral odio corto su cuello. Mi pulso no tiembla. Un chorro de sangre impacta contra mí. Mi rostro se mancha. Contemplo la incredulidad en sus ojos. Marchito, gris, Miguel agoniza. Puedo ver la oscura luz de su poder demiúrgico desvaneciéndose entre mi legión de cosas-sombra, entre los átomos del mundo material, entre sus hermanos, entre el aire y el agua, a lo largo y ancho del planeta. Se concentra sobre mí y asciende, viaja hasta los confines de la galaxia. Se torna espiral y esfera. Luego se contrae hasta no ser más que un punto en un extremo de la Vía Láctea. Lo que luego ocurra no es de mi incumbencia.
De pie ahora, con el cadaver de su comandante a mis pies, contemplo a las huestes de Yaveh. La furia desatada de los miedos mortales es poderosa, pero no lo suficiente.
Los ángeles caen, sufren daño, sangran, lloran, claman piedad. Pero no mueren a causa de los míos. Sólo hay un par de cuerpos tirados en las cercanías.
Caín juega con los intestinos de Uriel. Risueño, lo asfixia con una parte de su propio cuerpo.
Lucifer inicinera a Amenadiel. Es el calor de la Razón, antítesis de la volatil contumacia del Creador, lo que separa de sí cada aspecto de Aquel Que Es Cercano A Dios.
Mis ojos van del Primer Caído a una acera cercana. Nazareno está sentado en el cordón, con el rostro hundido en las manos. Intuyo sus lágrimas. Su pena es casi tangible. Sé que no le agrada tanto dolor. Me pregunto por qué no intenta detenernos. A todos. No tiene influencia alguna, pero sus intenciones siempre fueron, cuando menos, pacíficas.
Un golpe me saca de mis dudas. Una lanza dorada se clava en mi hombro derecho.
-Iezalel-murmuro mientras sujeto el filo del arma.
-Caerás, Morpheo, para eso fuimos enviados. No podés ganar-gruñe mientras clava su necia mirada en mí.
-Decime, Mensajero, ¿cómo puede caer aquello que no tiene densidad?-pregunto. Ahora transmuto, una vez más. Soy sombras y aire, soy un suspiro solitario en el enrrarecido ambiente, soy tierra y soy baldozas, soy entorno. Soy todo lo que rodea a mi enemigo. Y, una vez más, tomo densidad. Tengo peso.
Sin duda me precipito sobre él, yo, Soñador y fragmento de ciudad. Lo aplasto. Lo sepulto bajo mis escombros.
Cuando sé que está inmóvil retomo mi forma anterior. De un golpe parto su esternón. Lo ultimo con la daga. Sin rencor, sin venganza. Su muerte no me reconforta.
Odio asesinar a los esclavos del Tirano.
Odio que una existencia, mortal o divina, deje de ser a causa de mi voluntad.
Odio ser el portador de la guerra.
Odio ser yo, en ocasiones.
***
Ajena al feroz combate entre el tirano y el soñador, María toma asiento en un rincón. Apoya la espalda en la pared. Sujeta sus piernas, las rodea con los brazos, en posición fetal. Deja que su mejilla izquierda descanse sobre sus rodillas. Cierra los ojos.
Una lágrima, parida con sentimiento, quizás, rueda por su cara. Y al morir en sus labios, una palabra es pronunciada.
-Idiota...
Tal vez, muy en lo profundo de la marea de emociones que baña las costas de su ambición, María siente algo que no sea sed de poder.
Quizás intuye la muerte de aquel que la amó con locura, con fe, con la pureza del inocente sentir de los niños.
Aunque es más probable que esa palabra se refiera a sí mismo. De no haber marchado, no tendría que recuperar su lugar.
Cada entidad en este universo, y en algunos otros, sabe lo que ocurre.
La batalla es consecuencia de un amor perdido. Ese hueco, ese pedazo de nada que no late en el pecho de El Tejedor; esa angustia, tan humana, tan real, tan perecedera; ese viento huracanado que lo mece en la cima de la montaña del rencor, ese fuego, frío y por momentos fatuo, que lo abraza dentro del Templo Del Adiós, ese océano escarlata de puro resentimiento que lo ahoga bajo el Puente Del perdón; esa emoción tan profunda, ese sitio entre la venganza y la redención, que lo jala, lo despedaza, lo lastima. Ese perfume ausente. Esa voz. Esas tres palabras que se repitieron una y otra y otra y otra vez.
Ella no volverá.
¡Claro que no volverá! ¡jamás lo hará! ¡no lo ama y nunca lo amó! Porque nada siente la Puta De Los Dioses. Puede retorcerse bajo el peso de alguna divinidad-lumpen sin vomitar, puede dejar que la posean, que la hieran, que la usen y jamás se quejará. Porque ella posee, hiere y usa a cuantos se paran en su camino, en esa encrucijada que une el sendero del héroe con el del cobarde.
Alguna vez la golpearon y penetraron en una carpintería durante tres semanas. Casi murió. Y a eso le llamó afecto. Hoy le llamaría negocios.
Porque viene de un mundo indiferente, de una realidad que deja al débil morir y ríe al ver los gusanos devorar las córneas de sus cadáveres. Sobrevivió, de algún modo, durante milenios. Aprendió a camuflarse, a cosechar admiración, afecto y amistad. Fue valorada con verdadero sentir. Pero no le importó. Porque jamás buscó amor. Nada vale ese temblor furtivo que acosa la humana sombra, nada vale esa imperiosa necesidad por proteger al origen de tan poderosa combulsión, nada vale para la meretriz.
Es basura, el desecho de un universo egoista centrado en el ominoso ser que lo rige.
Y debe perecer junto con el mundo que la creó.
***
La energía que fluye entre los mundos se mueve ahora a causa de la voluntad de Lucifer. Lo rodea. Lo protege. Y muta. Martillo es. La muerte en un golpe certero y veloz. Media docena de arcángeles caen a causa del impacto.
Lo observo. Su ayuda, aunque no del todo inesperada, es bienvenida.
Caín parte huesos, brama divertido, asesina Mensajeros sin piedad. Alguien en el futuro, cuando sea narrada la leyenda de La Rebelión Última, dirá que el primer asesino esperó por esto desde su destierro. Y tal vez es verdad.
Las Huestes caen. Una legión de cosas-sombras, de pesadillas exorcizadas del seno de la humanidad, las acosan. Y tres renegados las ultiman.
Su mayor arma fue inutilizada por un mortal.
En la Ciudad Investida En Luces, Yaveh comprende, sólo ahora, su gran error.
Ni siquiera los dioses pueden matar un sueño.
Yo me sonrío. La victoria es nuestra. No pueden ganar.
¿Cómo destruyes lo que no es? ¿cómo anulas la más íntima esperanza? ¿cómo erradicas algo que huye de un inconsciente y se plasma a sí mismo en palabras y sonidos, en colores e ideas? ¿cómo fallece un axioma? ¿cómo se olvidan los paradigmas? ¿cómo se desangra lo inmaterial? ¿cómo se pulveriza el séfiro? ¿cómo se ahoga a un pez? ¿cómo apedrea una nube?
¿Cómo?
***
La humanidad duerme. En sus corazones la blasfemia prolifera. Toma forma y se presenta ajustado a la subjetividad del espectador.
Algunos ven un político honesto. Otros una enfermera. Un profesor. Un periodista. Un acomodador de cine. Un bibliotecario. Una monja. Un poeta. Un anarquista revolucionario, cínico y demente. Un ser querido. Una curandera. Un dealer. Un derrotista. Un perdedor. Una prostituta. Un ladrón.
Alguien que sólo puede decir la verdad, ya que la mentira no puede vivir en sus palabras.
-No hay piedad-dice su primera voz.
-No hay perdón-murmura su segunda voz.
-No hay recompensa por la bondad.
-No hay palmadas en el hombro ante toda una vida de servilismo.
-Sólo hay infierno para quién así lo anhela.
-Y el único castigo es siempre una sentencia autoimpuesta.
-Porque somos esclavos-sentencia su séptima voz.
Humanidad nada dice. Sólo escucha, atenta, como un niño al aprender la lección del día. Los misteriosos caminos del creador son revelados ahora.
-La humanidad es el combustible de la voluntad de Yaveh.
-Es un soberbio, necio, egocéntrico.
-Sin tu amor no podría existir.
-Es un cobarde que teme a la soledad.
-Y cada acto le es funcinal.
-Por la fe...
-...o por la culpa.
Conetenés la respiración. No es lo que querías oír. Pero si los conocen la verdad ¿por qué vos no deberías?
-Te usa.
-Te hiere.
-Te recicla.
-Te humilla.
-Te llena de odio.
-Te vacía.
-Y lo disfruta.
Ya no podés más. Quema tu ser, la verdad que fue oculta bajo tu nariz. No querés aceptarlo. Pero sabés que nadie te miente. ¿Cómo podrían?
-Quiere que elijás amarlo.
-Quiere que esta realidad repleta de miseria y dolor...
-...de angustia y soledad...
-...de ira y resignación...
-...lo prefiera.
-Aún, la oscuridad y el rencor son mejores que la nada absoluta.
-Pero podemos cambiar eso.
Respirás. Una tenue esperanza se materializa en tu interior. Un berrinche infantil, olvidado en tiempos de adolescer, cobra fuerza y, como el viejo fénix, vuelve a la vida.
-Cambia el mundo-dicen unísono las siete voces de la blasfemia.
Tomás consciencia sin despertar.
-Cambiá el mundo-dice un niño en Palestina.
-Cambiá el mundo-dice una mujer en Chile.
-Cambiá el mundo-dice un hombre en Noruega.
-Cambiá el mundo-dice una ancina en Japón.
-Cambiá el mundo-piensa en un feto en Afganistán.
-Cambiá el mundo-lamenta un fantasma en las profundidades del mar Indico.
Cambiá el mundo, te decis, Humanidad, a vos misma.
Y entonces ocurre...
***
Un temblor sacude el lugar. Todos caemos al piso. Las Huestes y mis aliados, Nazareno y María, hombres y divinidades. Objetos e ideas.
-¡¿Qué es esto?!-grita Caín.
-Algo viejo...-murmura Lucifer.
-¡Padre!-gritan los arcángeles.
-Viene-digo a mis camaradas.
-¿Él?-cuestiona Caín.
-Él-respondo.
-En persona-agrega el Primer Caído.
Siento su presencia. La temperatura aumenta. El espacio pareciera reducirse. La naturaleza gime, herida y horrorizada, el tiempo se curva, transcurre ahora con lentitud de sepulcro, de muerte, de no-ser mientras el fantasma de Parménides grita, iracundo, ante la paradója presente.
Es luz autogenerada. O así se manifiesta. Está acá.
Yaveh en persona viene por mí.
Abrumados por la luz, los renegados nos erguimos. Las Huestes se postran y adoran a su maldito emperador, a su creador, a su dios. Nosotros, sin bandera ni tierra, lo miramos desafiantes.
-Morpheo-su voz, pesada y prepotente, pronuncia mi nombre.
-Yaveh-digo.
-¿Por qué me persigues?
-¿Por qué? ¿por qué te persigo? Porque sos un tirano, un miserable, un apestoso y sádico regente torturando tu creación, ahí arriba, cínico en tu cima de la nada. Porque son milenios los que mis hermanos mortales llevan soportando tu reinado de sangre, de miedo, de coerción, de cárcel, de infierno, de iniquidad, de mentiras, de manipulación, de odio, de egocentrismo. Porque sos un despota, un embustero, un ruin, un cobarde, un malcreado, un error. Porque no creo en tus guerras, porque no creo en tu policía angelical, porque no voy a matar, ni a morir, por vos, Yaveh. Porque sos todo lo que desprecio: un onanista decrépito que se masturba sobre la orgía de sangre y muerte que ha traído. ¿Eso te excita, verdad? ¡No podés sentir placer si no es causa de la destrucción! ¡por eso, y no por la soledad, creaste este mundo! Estás enamorado de vos mismo, payaso, y en tu cópula con el espejo dejás siglos de cadáveres para adornar tus macabras fantasías divinofilicas.
>>Te persigo, Yaveh, porque has mutilado la voluntad. ¡Mirá a tu alrededor, tirano! ¡mirá cuanto daño has hecho a tu propia obra! Vos, que condenás la libertad, los has hecho a tu imagen y semejanza, repletos de tus miserias, de tus defectos, de tus mentiras, de tus temores. Temen las pesadillas porque vienen de mí, de tu gran enemigo.
>>Contempla a quien está a mi derecha: el lucero del alba, el pastor de los soles. Tu obra primera obra. ¡Él enseñó su primera virtud, el anhelo de libertad, a los hombres! ¡cayó por eso! ¡y feliz lo hizo! ¡porque todo, incluso dejar de existir, es preferible a serte funcional, cobarde!
>>Y él a mi izquierda: desobedeció tus leyes a causa de esa mancha, negra y maligna, con que ensuciaste su espíritu. Para divertirte lo marcaste; nada podrá dañarlo. Por eso, en su mente, ha sufrido todo este tiempo. Las voces de sus víctimas lo acosan cada noche. Se arrepintió una y mil veces. Pero no es suficiente. ¡Nada es suficiente para vos!
>>Y a mis espaldas tu hijo: el pobre Nazareno. Sin voluntad para negarse a tus mandatos, incapaz sin vivir siquiera con la esperanza de tu amor. Lo despreciás y el muy necio mantiene fe en el cambio. Pero vos no cambiás, ¿verdad? Sos demasiado viejo, demasiado corrupto como para aprender a ser diferente.
>>Y su madre... su puta madre... ¡que se joda su puta madre, también es obra tuya!
>>Te persigo porque en tu realidad no veo más que muertos, cárceles, hambre, policías, ejércitos, guerras, esclavitud, reyes, presidentes, maltrato, opresión, totalitarismo, mentiras y manipulación.
>>Te persigo porque alguien debe oponerse, Yaveh. Porque no puedo permitir que tu poder haga ya más daño. Te persigo porque aún puedo oponer resistencias. Y porque jamás aprendí a rendirme.
-¿Y crees que podés destruirme, Morpheo?
-¿Yo? No, Yaveh. Vos serás arruinado por tus propias criaturas-respondo y, una vez más, invoco a mi blasfemia.
***
El Maestro en tu mente, el que te ha revelado la verdad, se estremece.
-Es la hora-te dice, consternado.
-¿Qué hora? ¿qué debe ocurrir?
-Todo debe comenzar; todo debe terminar.
-¿Todo?
-Sí. Todo. Debés destruir el mundo. Este mundo. Debe ser deshecho, reducido a escombros. Y luego, con los escombros, debe ser reconstruido. Porque aquel que ocupa el trono caerá.
-¿Y qué si no cae?-preguntas.
-Entonces caeremos nosotros. Seguime.
Y seguís al zahorí, mesías, profeta, apóstol, padre, hijo, maestro, lobo, mártir, suicida directo hacia el afuera de vos; hacia el aspecto material del mundo que te rodea. Despertas.
Ahora es acá.
Yaveh está presente.
Es hora de decidir.
***
Siento su intranquilidad. Tiene miedo. Lo sé. La inmensa luz que nos rodea se horroriza. Caen ya a la vigilia los mortales.
Y ahora no creen en él.
Esta es mi obra, mi legado.
Libertad.
-¿Debo temer, Morpheo?
-Aún no lo sé, Yaveh. ¿Acaso tu voluntad no debe ser hecha?
-¿Por qué haces esto? ¿por tu amor perdido? ¿por la humanidad?
-No lo hago yo. Son ellos, tu rebaño.
-Eso no tiene sentido.
-Los caminos de la humanidad son misteriosos-murmuro con ironía-por eso no lo comprendés. Pero no te angusties. Tras tu muerte todo te será revelado.
-Desiste, Morpheo. No podrés triunfar.
-¿No? Vencimos a tus huestes. Te obligamos a des-crear a Mitra. Gabriel y Miguel murieron. Mira mi ejercito de sombras soñadas, de tiempo latente, de angustia mortal. Mirate a vos mismo, descendiste desde La Ciudad Investida En Luces para hablarnos. Perdiste, Yaveh.
-No. Todo esto fue parte del plan desde el comienzo-responde su voz.
-No lo escuchés, Soñador-me dice Lucifer-este viejo mentiroso está desesperado. Nos tiene miedo. Sabe que no puede ganar, por eso intentará pactar.
-No te rindas-murmura Caín a mis espaldas.
-No lo haré-respondo.
-Detente, Morpheo-exige Yaveh-el mundo perecerá si no lo haces.
-El mundo no está en peligro. Lo sabés tan bien como yo.
-¿Acaso la creación puede sobrevivir al creador?
-Sí. Eso es exactamente lo que creo. Nadie te necesita.
Escucho la carcajada de dios resonar desde Sydney hasta Tampere y desde Juneau a Teherán; desde la Ciudad Investida En Luces hasta Pandemonium y desde Asgard hasta R'lyeh. Todas las entidades en todas las realidades la escuchan.
Yaveh ríe. Los bellos en las nucas mortales se erizan.
-La humanidad me amará hasta la muerte-dice.
-Y hoy es tu funeral-respondo.
-¡Ya soy Yaveh! ¡soy el verbo! ¡no puedo morir!-exclama, iracundo.
-Yo soy Morpheo, soy el tejedor, antes que las musas regalaran la inspiración a los hombres yo estaba ahí. Estaré acá mucho después que tu nombre se pierda en las arenas del olvido. Yo contemplé a las divinidades ciegas y enseñé a tocar a Ritchie Blackmore, yo luché junto a los Aesir y le regalé su primer pincel a Michelangelo. Yo tengo un sueño. Y en ese sueño no estás vos.
-Se terminó tu desafío-me dice, calmo ahora-creé al hombre y le di la tierra, tierra que dividió por mi voluntad. Mató y vivió en mi nombre y ahora, también en mi nombre, se postrará ante mí. Y vos desaparecerás.
-Comprobemos eso-digo, no sin cierta curiosidad-cesa tu influencia que yo cesaré la mía. Y dejemos que tomen su decisión. Quiero ver a quién elijen.
Y así lo hacemos.
Él, luz divina de la Gran Ciudad de Plata, se apaga y se torna sombra. Yo sueño. Los hombres y las mujeres, los niños y los viejos, se aproximan a este lugar. Caminan entre los arcángeles que agonizan.
Contemplan la desnudez de la virgen y el llanto del mesías, atestiguan el temple del diablo y la bondad del asesino.
Ven en toda su magnitud de la oscuridad de Dios. Y eligen el sueño.
-Hijo de puta-murmura un niño de seis años.
-¿Por qué me insultas, niño?-pregunta él, desde sus tinieblas.
-Porque me lastimás.
-No te he hecho daño.
-¿No? ¡Mirá lo que hiciste!
-Los ángeles fueron dañados por el portador de sueños. No fue mi voluntad.
-No lo digo por eso. El mes pasado el sacerdote hizo la colecta anual para los necesitados. Nos pidió que regalaramos cosas. Está bien eso, quiero ayudar. Pero... ¿por qué nos pidió que regalaramos algo con valor sentimental? Regalé mi osito... lo extraño. Bien daría ahora todos mis jueguetes por tenerlo de nuevo. ¿Por qué debo sufrir?
-Porque es un viejo mentiroso, un sádico. Porque disfruta el dolor-acota Lucifer.
-Porque su esquema de la realidad tiene por paradigma el tormento-comenta Caín.
-Porque desprecia todo aquello que no le es funcional. Y cuando algo ya no le es útil lo arroja del paraíso. Como hizo conmigo-dice, entre lágrimas, Nazareno.
-Porque eso es él-digo al niño-es el dolor, la amargura, la soledad, la tristeza, la ira, la venganza, el rencor. Es la miseria.
-Tengo un sueño-me dice el pequeño-sueño que vuelo. Con mi osito. ¿Por qué al despertar jamás vuelo por mucho que lo intente? ¿por qué mi osito nunca volverá? ¿por qué olvido lo que quiero recordar? ¿y por qué la memoria retiene lo que quiero perder?
-Porque los recuerdos son demonios que anidan en los laberintos del sueño. Porque al dormir somos sabios y al despertar neofitos. Porque La Vigilia guarda la maldad del corazón. Y Oniria las virtudes del alma.
-¿Tendré mi osito de nuevo?
-Fue un sacrificio en nombre de tu creador, hijo mío. Deberías estar orgulloso por ese dolor-interfiere Yaveh.
-Tengo otro que puedo darte-digo-será un viejo amigo que aún no conocés.
El pequeño me sonríe. Mira a las sombras, saca la lengua, y se va.
Ahora yo sonrío. Si Yaveh tuviese rostro...
-Creo que eso lo demuestra todo.
-Eso no demuestra nada, Morpheo. Aún están a merced de mi voluntad. ¡De rodillas!-grita. Algunos mortales caen postrados ante su mandato. La mayoría, lo ignora.
Hay un momento de estupor. Él cree que el tiempo se detiene. Yo sé que no estoy inutilizando los relojes. Tras el impacto inicial me habla.
-¿Creés que esto va a matarme, Morpheo?
-Ya no creen en vos, en su mayoría. Las generaciones venideras te olvidarán, Yaveh. Te perderás en la amnesia colectiva. No serás recordado. Ahora son libres.
-¿Cual es tu secreto, Dador De Formas?
-Negación. Ahora marchata con tus ángeles a la Ciudad Revestida En Luces. En el futuro la demoleré. Los prisioneros, tanto de tu falso paraíso como de mi verídico Pandemonium, serán liberados. Todos tienen un lugar en Oniria. Todos.
-Esto no ha terminado. Volveremos a encontrarnos-dice y luego ya no puedo sentir su presencia.
Debiles y derrotados, Las Huestes toman en brazos a sus caídos y emprenden el vuelo hacia los confines de la realidad. Me concentro y dejo que los humanos duerman unos minutos más. Cuando despierten tendrán dudas, pero la rebeldía en sus corazones permanecerá intacta.
-Creo que podemos tomar eso como un triunfo-dice Lucifer a mis espaldas.
-Sí. Eso creo-respondo.
-¿No vas a dormir a este?-pregunta Caín mientras señala al joven que conocí en mi descenso.
-No. No tengo influencia sobre él. Es libre desde hace mucho tiempo. Toma-le digo al muchacho mientras saco de entre mis ropas la cantimplora que me obsequió.
-¿Quedan cosas por hacer, Soñador?-pregunta Nazareno.
-Siempre-le digo. Ahora materializo un osito de peluche y se lo entrego-¿podrías llevarle esto a un niño que duerme mientras hablamos?
-Lo haré. ¿Sabes que ocurrirá conmigo?
-No. Eso lo sabés vos. Y sólo vos.
Inspiro profundo. Las nubes se disipan. Amanece. Amanece sobre un mundo viejo que quiere sentir caricias nuevas sobre sus ríos y sus montañas, amanecen arcanos mitos y nuevas leyendas, amanece una nueva humanidad.
Y sus ojos también amanecen.
-Soñador-susurra María en mi oído.
-María.
-Soñador... podemos volver a empezar también nosotros. Todo es nuevo y nuevo es mi amor por vos. Danos otra oportunidad. Mi corazón es tuyo. Yo soy tuya.
No respondo. Debo confesar que estoy un poco perplejo. El joven, el de la cantimplora, se aproxima. Saca una caja de cigarrillos. Me ofrece uno. Acepto.
-Yo tenía una novia que decía cosas así-comenta él-era muy dulce. Y me empalagó. No nos hace falta la insulina, camarada.
No. No nos hace falta.
-María... María, no volvás. No latis en mi pecho.
-No me olviste y lo sabés.
-Siempre te recordaré. Sos una huella en mi espíritu, la marca que deja un enorme sufrimiento. Pero nada más. Cuando vea la cicatriz recordaré el dolor. A vos ya te olvidé. Andate ahora. Te esperan en tu burdel. No pensés en mí. Yo no voy a volver.
Ella no dice nada. Miro hacia el este. Lucifer y Caín están ahí.
-Vamos-me dice el fumador-necesito que me expliquen con lujo de detalles todo esto.
Asiento. Nos reunimos con los demás.
-¿Y ahora? ¿qué debe ocurrir?-pregunta Caín.
-Quizás ya no portés la marca, viejo amigo, quizás ya no estés maldito.
-En ese caso, veremos qué puede ofrecerme el mundo-comenta con una sonrisa.
-¿Dónde quieren ir?
-Vamos al bar-responde Lucifer-hay whisky y chicas, música y paz. Quizás los tiempos de guerra han terminado.
Caminamos, exhaustos y gloriosos, hacia el origen de todas las cosas. Nos acompaña el humo de un cigarro y la humedad de una noche frenética que cambió el mundo. Y sanó un corazón.
En mi respiración ella ya no tiene lugar. Ese enorme, insondable vacío que era el centro de mis emociones es ahora líquida materia, fluye a través de mí. Dentro llevo la mar, donde antes no había nada; donde antes sólo hubo dolor.
Miro a Lucifer. Y él me devuelve la mirada.
-Retiro lo dicho, Soñador. Al final sí lo dijo, ¿verdad?
-Sí. Dice que me ama.
-¿Y vos?
-¿Yo qué?
-¿Te importa ella?
-No. Ya no soy prisionero de su voz. Me libré de su tormento.
-Y en el proceso derrotaste a Yaveh-dice, risueño y divertido.
-En el proceso, pobre diablo, dejé de ser un ser vacío. Ahora mi mundo interior está poblado.
-¿Otra mujer?
-Un mar.
-Qué bueno. Puede ahogarte pero no quemarte.
-Yo no respiro-murmuro.
Nos perdemos en los laberintos urbanos, cuatro machos a la antigua, con pelo en el pecho y un corazón que late debajo.
Mañana, En La Ciudad Investida En Lucesm Yaveh llorará su desconsuelo.
En Pandemonium Lilith se cuestionará el futuro.
En el burdel María atenderá a sus clientes, aún en busca de aquello que no llegará.
En Asgard Fenris, el lobo, y Odín, el caminante de cielos, beberán alegremente, como hermanos.
En Oniria Martin Luther King se preguntará si debiera reescribir sus discursos.
Y en La Vigilia un niño despiertará a la mayor sorpresa de su corta vida.
-Mi osito-murmurará al ver a su lado el juguete. Recordará lo hablado poco antes. Recordará las sombras que desprecia. Recordará al sujeto que llevaba la noche por vestiduras y las estrellas por mirada.
Se asomará a la ventana. Apretará con fuerzas a ese viejo amigo que acaba de conocer e inundado por la esperanza murmurará a ese hombre dos únicas palabras:
-Sueña conmigo.
FIN
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