Capítulo VIII
Memento Mori
-¿Dónde han ido los arcanos vientos, Soñador?-me pregunta Miguel, con la mirada de un buey agonizante.
-Están acá-respondo mientras tomo forma física delante de Las Huestes-están en esta ráfaga solitaria que golpea tu rostro, en esta desilución, en las falencias de tu padre. En nuestra gloria y en nuestro fracaso. En tu caída. Y en mi triunfo.
-Has cambiado...-murmura, mientras clava la mirada en el suelo. Cotemplo la espada en su mano. Tiembla.
-¿Acaso no lo hemos hecho todos, viejo enemigo?
Da un paso al frente, hacia mí. Yo lo imito.
-No... no todos... Nazareno es el mismo.
-Nazareno fue echado a patadas de La Ciudad Investida en Luz. Ahora es un hermitaño que vive con temor a un mundo que no cree en él; un enamorado de la humanidad que lo desprecia.
-Lucifer...
-Lucifer está retirado. Toca el piano en un bar. Y lo hace condenadamente bien.
-Caín...
-Caín es el que más ha cambiado, Miguel. Lejos han quedado los tiempos en que fue el Primer Asesino. Ahora abraza su maldición, es uno con ella. Deviene junto a un mundo homicida y así se siente en casa.
Nos miramos un segundo. Presiento nacer en su mente -nimia, retorcida, servil- la palabra de su padre.
-María-murmura, triunfante.
Durante un momento contengo la respiración. Yo, como los arcángeles presentes. Luego, estallo en una carcajada. No esperaba esto. Es desopilante. Y me encanta.
-¿Por qué reís?
-¿María? ¡María!-exclamo-¡María, la puta María! ¡nada posee ya de virgen! ¿recordás cuando la violaste?
Gabriel evade mi mirada.
-Es la meretriz de los dioses. Vive en el Burdel donde los paraísos se cruzan; donde las felicidades de mil culturas distintas convergen. Allí los atiende a todos. Servicio clase A, puta profesional, chupapijas de primera para ellos; chupapijas deprimente, para mí.
-Debo decirtelo-gruñe Miguel, sintiendo suya la victoria-ella no volverá.
-Lo sé-respondo-y me alegra. El mundo la ha olvidado. Y ahora mismo yo soy el mundo entero.
Sonrío. Su rostro toma el color de la humana sangre.
-Vos y los tuyos-le digo-también han cambiado.
-No, Soñador, no lo hemos hecho-dice entredientes-lo único que va a cambiar en esta realidad es tu presencia. Vas a dejar de existir.
-¿Hablás en serio?
-Definitivamente.
-Ya te he derrotado. A vos y a tus huestes. No podés ganar. Y lo sabés.
-Sí... nos derrotaste durante la rebelión del segundo día. Pero no estabas solo, como ahora. Sí, nos derrotaste en los límites de la Ciudad Investida en Luz, pero esto es la tierra, no el paraíso. Sí, nos derrotaste cuando luchaste junto a Lucifer. Pero él ya no está. Y, más importante, en nuestra anterior batalla la historia aún no estaba escrita.
-¿Qué querés decir?
-Que entonces no era, aún, voluntad de nuestro padre el triunfo. Y esta vez sí lo es. Por eso nos ha dado a su obra maestra, el mejor guerrero del Paraíso, la Bestia del Fin del Mundo, la oscuridad al final de todas las cosas.
Siento un estruendo. Mil edificios al caer harían menos ruido que sus pasos, pesados, poderosos. Se aproxima a mí. Su tamaño es mayor que el de una montaña. Tiene siete cabezas y en cada cabeza siete bocas. Sus alas cubren el continente y su cola reposa entre los océanos.
-Su nombre es Mitra.
***
Los dos sujetos caminan bajo la lluvia. Amsterdam les sonríe. Ellos no le devuelven el gesto.
-¿Por qué no hay nadie?-pregunta el joven.
-Porque nadie debe haber-responde Caín.
-Vaya...
-¿Vaya qué?
-Vaya pelotudo sos.
-Estás jugándotela, hijo.
-Lo sé. Pero necesito saber qué está pasando.
-¿Qué crees que está pasando?
-Supongo que aún estoy en coma...
-Eso es absurdo. No podrías cumplir tu destino si estuvieses en coma.
-Ya me harté de escucharte hablar del destino. Quiero saber qué pasa. Quiero saber hacia donde vamos.
-¿Ir? No vamos a ninguna parte; Todas Partes viene hacia a nosotros.
Silencio. El muchacho se detiene.
-No voy a dar un paso más.
-Bien-responde Caín, encogiéndose de hombros-no des un paso.
El primero de los asesinos sigue su marcha. De pie, cruzado de brazos en una infantil pose, el joven ve como el universo a su alrededor se mueve. Contempla la procesión de los paisajes. Las calles, los árboles, el sonido, las fragancias hacen caso omiso de la ciencia humana, de la humana tiranía, y se desplazan, sin fuerzas exteriores que las obliguen.
-Te dije, Todas Partes viene hacia nosotros-murmura Caín.
-Esto es...
-No tratés de comprenderlo. No lo harás a menos que primero lo aceptés. Y sé que no está en tu naturaleza aceptar lo incomprensible.
-¿Entonces como se supone que voy a... cumplir mi destino? ¿cómo se supone que voy a hacer lo que sea que quieras que haga?
-Nunca dije que vos tuvieras que hacer algo.
***
-Mitra-murmuro al contemplar a la inmensa bestia.
Uno de los dioses ciegos, uno de los ideólogos de Yaveh, fue Mitra. Una deidad siniestra, corrupta y estúpida. La recuerdo, de la Era Antes Del Tiempo. Y si bien reconozco parte de su esencia, sé que no puede ser Mitra. Él, junto con todo su panteón, fue devorado por Yaveh.
-No triunfarás, Morpheo-dice Miguel, complacido.
La criatura se aproxima. Ahora yo soy este lugar. La siento en toda su magnitud. Huele como Mitra y posee los ojos de Vishnú, palpa mi mundo como lo hizo Guan Yu y escucha el silencio como Anu lo hiciera. Es el desecho reciclado de todas las divinidades ciegas, las criaturas de las sombras, los errantes, los perdidos, los olvidados.
Yaveh los ha regurgitado, los ha dotado de su poder y los ha transformado en esto. Vi su imagen antes, en las pesadillas de un mortal.
-¿Sabés qué es esto, Soñador?-me pregunta Miguel.
-Un plagio.
-Es tu funeral.
La bestia azota una de sus once patas. Tiembla el universo entero mientras las estrellas, en el distante firmamento, comienzan a sangrar. No me golpea, porque no estoy ahí; me golpea, porque estoy en todas partes. Yo soy el mundo. Yo soy el aire y el agua; soy un sueño, soy la realidad.
Y la realidad es que me ha lastimado. La brisa se torna lamento y el llanto no es más que vapor. Fuego. Odio.
-María, te odio-murmuro.
Gabriel sonríe. De verdad cree que puede ganar. Y en el fondo, también yo lo creo.
***
-Apurá el paso, Nazareno.
-Vas demasiado rápido, Lucifer. ¿Realmente hay tanta prisa?
-De hecho, sí la hay. Éste es el momento decisivo.
-Lo sé... pero no quiero llegar.
-¿Acaso alguien quiere?
-Él quería, ¿verdad?
-¿Morpheo? Él no sabía qué era lo quería, en verdad.
-Y vos, por supuesto, lo supiste desde siempre.
Silencio.
Caminan por el centro de la avenida, se guían por los estruendos, aunque no es necesario. Saben que deben ir hacia el este. Se los grita cada fibra de su ser.
Lucifer enciende un cigarrillo. Le ofrece uno a Nazareno.
-Aún no fumo.
-Deberías-murmura el Primer Caído.
-Son hábitos peligrosos.
-El hábito más peligroso es vivir. Todos los otros son medios para terminar con ese gran mal que es respirar.
-Vamos, no digás eso. La vida es belleza, es virtud, es amor.
-No. La vida es sufrimiento, es ira, es rencor, es esclavitud. Esclavitud hacia tu padre, como la de los mortales, o esclavitud hacia sí mismos, como El Soñador.
-Claro. Para variar, vos sos el único tipo libre.
-No, no lo soy. Soy, al igual que vos, esclavo de mis rencores, de mis miserias y virtudes, de mis pasiones y mis metas.
-¿Entonces por qué continuas? ¿por qué no te disolvés en el vacío?
-Porque ahí delante en el camino, un tipo solo está tratando de cambiar eso. Y no puedo darle la espalda.
-¿No? Pensé que podrías hacer lo que quisieras.
-Aunque él no sepa lo que quiere, aunque ahora mismo aún ignore, quizás, que nunca, jamás, quiso el regreso de una mujer que aprendió a despreciar, yo lo admiro. Admiro su tenacidad, admiro su fuerza, admiro su negación.
-¿Negación? ¿qué le ves de bueno a eso?
-¡No lo entendés, Nazareno! ¡él tiene los riñones que vos no tuviste hace dos mil años en Calvario!
-¿De qué estás hablando?
-¿No lo ves? Él se atreve a decir NO. Como he señalado: negación.
-Negación...
-Si vos fueras como él no hubieses muerto en la cruz. Hubieses masacrado a todos los soldados, hubieses empalado a Longinus en su propia lanza, hubieses hecho comer sus latigos a quienes te azotaron, hubieses partido la quijada de Pilatos de un golpe. Pero no... tuviste que ser “bueno” y obedecer a tu padre. Por eso no podés ser el salvador de nadie, Nazareno, porque para salvarnos hace falta un héroe. Y vos no lo sos.
-Decir no...
-La voluntad para quedarse.
***
Me muevo entre las negras nubes, por el muerto suelo, a través del aire, junto al agua. Soy todas partes; soy escenario y personaje, protagonista y héroe, martir y suicida.
Y Mitra es mi reflejo retorcido; es la obra de Yaveh; es la perdición. Una criatura pensada para someterme. Al viejo cabrón poco le importa destruir su propia obra. Teme por su vida. Y yo saboreo su miedo.
-¡Rendite de una vez, Soñador!
-¡Nunca!-grito y mi voz es trueno y vidrios que estallan, es el romper de las olas y el ladrido de los perros.
La bestia azota sus patas sobre mi piel de asfalto, golpea con su cola la superficia de mis mares, deja caer su corrosiva saliva sobre la cima de mis montañas, hunde los colmillos en los animales que me pueblan.
Siento el dolor desgarrandome, quebrándome, mutilándome.
-¡Masoquista, rendite, no podés ganar!-exclama Miguel.
-Dejalo-le dice Gabriel-quiero verlo sufrir.
La ira crece en Yucatán, ahora mi pecho. Intento un ataque directo. Soy nubes de tempestad, de mares lejanos, traigo la represalia y transmuto en rayos, en una legión de rayos. Soy energía, tanta que podría iluminar un centenar de ciudades. Golpeo a la criatura, todos mis yo caemos a un mismo tiempo sobre su piel verdosa. Mitra ni siquiera se inmuta.
-¡No existe modo de destruirlo, Soñador!-me grita Gabriel, sonriente-ha sido creado como una entidad física para que no podás lastimarlo, ¿es que no lo comprendes?
Lo comprendo. Ese es mi problema. Soy un lugar. Soy la tierra. Soy el sueño de un mundo. Aunque controlo las mareas y puedo sepultarlo bajo toneladas de mí, eso ha sido hecho para soportar todo el peso imaginable. No puede ser ahogado, ni quemado, ni herido de ninguna forma.
Es la oscuridad al final de todo. Sólo dejará de existir cuando este mundo lo haga, porque entonces su propósito estará cumplido.
Golpea una vez más y ahora siento en mí el mayor dolor imaginable: me disuelvo, soy arrastrado al olvido, aplastado por el peso de la cruel realidad.
Aullo, agonizante, y mi lamento es percibido en cada plano de realidad del universo.
En el infierno, mientras la guerra civil de esta noche se pospone, los demonios recuerdan el temor.
En Asgard, cuando reina la quietud, los Aesir se cuestionan si debieran haber apoyado un bando.
En los Campos Eliseos, cansados, los virtuosos anhelan por un error. Quieren que el mundo acabe ya.
En R'lyeh, en las profundidaes, Cthulhu se retuerce en su eterno dormir sin sueños.
En la Ciudad Investida En Luz Yaveh sonríe.
Cedo. Ya no soy aire ni agua, no soy cemento ni vidrio, no soy sino un sueño. Tomo forma humana delante de Las Huestes. Proyecto una sombra, porque me place hacerlo. Quiero terminar como empecé.
-Es el final-dice Miguel.
-Lo sé-respondo.
La bestia emite un sonido agudo, un lamento, como el de un crío al que le quitan un juguete.
Elevo la vista al cielo. Veo su cuello hundiéndose en las nubes. Eleva una pata. La sombra me cubre. Siento el aire cortarse mientras baja. Va a aplastarme. Ya nunca más soñaré.
-¡Lamento interrumpir!-grita una voz que conozco demasiado-pero esto no puede continuar.
La pata de la aberración se detiene. Todas las miradas se centran en él.
-Marchate, Caín, esto no es asunto tuyo-exige Gabriel.
-No, no lo es. Pero yo no soy la estrella. Miren a mi acompañante-responde señalando al muchacho. Lo conozco. Me regaló una cantimplora cuando descendí al infierno.
-Un mortal...-murmura Miguel.
-¿Y con eso qué?-cuestiona su hermano.
-Mitra no puede dañar mortales. Pero lo mortales...
-Pueden dañar a la criatura-dice Caín, triunfante.
***
En el burdel María se excita, por vez primera, con las piernas cerrada y las ropas puestas. Y no está fingiendo.
El poder es un narcótico, la embriaga, la seduce. Siente como un viejo amor renace entre sus senos y tórrida la pasión estalla como una catarata que fluye por sus muslos.
Sale de su habitación. Debe verlo.
Está dispuesta a sufrir la pesadilla una vez más, si es necesario, por habitar nuevamente el centro de los sueños de un soñador.
Un artículo desea ser verbo.
***
Los contemplo en silencio. A todos. El joven enciende un cigarrillo y da un paso al frente, hacia la bestia, que retrocede.
Da otro paso, y al obtener idénticos resultados, camina con seguridad unos cuantos metros.
Entonces decido cambiar de estrategia. Abro, en lo profundo de mi mente, un espacio: las puertas de Oniria. Y todos ellos, soñadores mortales, emergen, regresan a sus cuerpos, a sus realidades. Ahora pueblan la vigilia. Y mi hogar es, de nuevo, la tierra de los símbolos.
Sonrío.
-Suficiente-dice Miguel.
-¿Suficiente?-cuestiona Gabriel.
-Sí, suficiente. No se supone que un mortal esté acá, despierto, listo para enfrentar a Mitra. Aún así, él está acá. No puede seguir.
-¡Debe hacerlo!
-No, hermano. Ese mortal es ahora la anomalía en la ecuación. Puede destruir a Mitra, si lo desea.
-Creo que no será necesario...-dice Gabriel, muy por lo bajo.
Siente, como yo, como todos acá, la presencia de la voluntad de Yaveh. Brilla, entre las nubes, el sol de medianoche. La voz de un extraño canta una canción de amor, una canción perdida, tan cruel, tan verídica, que la bestia del fin del mundo, la oscuridad al final de todas las cosas, es aplastada por la incandescente luz. Primero es sombra, luego recuerdo. Y en última instancia nada.
Su ideólogo la ha descreado.
Ahora sólo quedamos las huestes y yo.
-Es la batalla que esperábamos, ¿verdad, Soñador?-me dice Gabriel-¿no irás a transmutar nuevamente ahora, no?
Se burla. Sabe que estoy exhausto. Que no puedo.
-Estás solo, Morpheo. Somos una legión. No podés ganar. Ni huir.
-Ustedes son una legión-dice Caín-pero él no está solo. Yo estoy acá.
-Y yo, aunque se supone que no debo hacer nada-murmura el joven.
-No voy a quedarme fuera de esto-anuncia la voz de Lucifer a mis espaldas.
-Yo vine a observar-dice Nazareno, mientras se hace presente junto al Primer Caído.
-Bien... una linda reunión-afirma Miguel. Contemplo su mano. Tiembla como antes lo hiciera. Él ignora el resultado de la batalla.
-¿Entonces qué? ¿habrá un combate?-cuestiona Gabriel.
-No exactamente-dice esa maldita voz a sus espaldas.
Él se da vuelta. La tiene frente él, gloriosa, radiante, hermosa. La ve como yo la veo, pero no la conoce como la conocí.
-Te debía esto-susurra en su oído.
Un haz de luz brilla. Una daga se materializa en su mano. Conozco esa arma. Yo mismo la forjé, eones atrás, de la osamenta de una de las pesadillas de Yaveh. Da un corte limpio al cuello.
Grabriel cae mientras una catarata de sangre emana de su cuello. Ella le cortó la yugular.
Se retuerce. Sus hermanos lo contemplan. Nadie lo ayuda. ¿Le han perdido el respeto acaso? ¿o temen a la mujer-barro, a la rencorosa, a la nimia, a la matadora de ángeles?
Ella camina, sensual e irresistible hacia mí. Me abraza y habla a mi oído.
-Soñador... nunca quise hacerte daño... Soñador, yo te amo... nunca dejé de amarte... nunca voy a dejar de amarte...
Su voz es la promesa de la Utopía, sus labios son mi paraíso interior, su piel es la seda que viste la justicia, sus ojos están repletos de compasión, amor y arrepentimiento.
-María-pronuncio su nombre con emoción-María... dejame. Ya no estás en mis sueños.
Ella abre los ojos, incrédula. La aparto de un empujón. No quiero que me toque.
-Tenés un soldado menos, Miguel-le digo, parándome frente a él-y la última campanada está a punto de sonar. Debemos definir esto, enemigo mío.
Las sombras del lugar se despegan de las superficies a causa de mi voluntad. Toman forma humanoide.
-¿Qué estás haciendo?-cuestiona, sorprendido.
-Acabo con esta guerra-tras de mí, Caín y Lucifer sonríen. Saben lo que ha de ocurrir.
-Morpheo...
Las pesadillas que antes tuvieron los mortales fueron cambiadas. Un trueque. Sus malos sueños a cambio de un engendro de verdad pura sobre aquel que llaman Dios. Ahora, mientras aún duermen, ven en toda su dimensión al tirano, ese viejo hijo de puta.
Y todos sus miedos, sus frustraciones, sus tinieblas son mías, son una extensión de mi voluntad, son una parte de mí. Yo soy mi propio ejército.
-¡Morpheo!-exclama Miguel cuando la primera oleada de cosas-sombra se lanza contra ellos. Sus armas, su divina gracia, las atraviezan. No pueden herirlas. Pero mis soldados son duros, resistentes y tangibles. Cuando yo así lo deseo.
Otra vez, la daga brilla en mi mano. Ahora salto al cielo, fundido con los vientos, en un vuelo nocturno que decidirá el destino del universo. Caigo sobre él. Pierde estabilidad a causa del golpe. Caemos al suelo. Nos revolcamos como animales salvajes. Busco su cuello, voy a destrozarlo. Voy a terminar con la tiranía, con la opresión, con las miserias, con la vida que Yaveh ha decretado. Voy a cenar los intestinos de sus hijos, de sus perros de la guerra, de su policía del pensamiento. Voy a abrir sus venas y a devolverle todo el dolor que han infligido a mis hermanos, los mortales.
Voy a mostrarle por qué nunca soñé con él.
CONCLUIRA
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