viernes, 19 de junio de 2009

Ritual



Hace algunos meses adopté, por muy poco tiempo, la costumbre de leer antes de dormir. ¿Qué tiene esto de interesante? Que no leía para mí. Y que no tengo hijos.

Le leía a la que era mi chica. Lo hacía con pasión y un cierto grado de interés profesional. Era muy agradable retirarme a Oniria sabiendo que lo último que ella había escuchado era mi voz.

El primer -y único- libro que le leí fue "El Principito", su novela favorita. Era bastante complejo ponerme en la piel de un niño tan peculiar, así que el reto, desde el punto de vista del oficio, me motivaba en demasía.

A lo largo de esas noches aprendí un par de cosas. La principal: a odiar a Saint Exupéry. Honestamente, llegó a empalagarme su visión de la infancia. En un comienzo iba todo bien. El texto es liviano y llevadero, los personajes no me ponían grandes dificultades y no me topaba con ninguna idea que no comprendiera de inmediato.

Pero a medida que avanzaba en la lectura comenzaba a aburrirme cada vez más. Leí la novela hace más de 15 años y no me pareció nada especial, tuve la esperanza de que mi corta edad me hubiese impedido comprender el alcance verdadero de la obra. Me equivoqué.

El Principito no tiene nada de especial. O en todo caso sí, tiene esa comprensión de la infancia y de la amistad que un adulto no puede tener. Esa es la virtud de Saint Exupéry. Pero aburre. Porque el mundo no es así. Porque acá, donde vivo yo, existen monstruos. Porque en el momento en que abracé la A circulada como mi símbolo declaré la guerra a la atrocidad. Porque no voy a quedarme quieto. Porque no quiero volver a la infancia. Prefiero ser un adulto. A pesar de la humana miseria, prefiero tener la opción de decidir entre la amalgama y la rebelión.

Huir de los sinuosos dominios de mi enemigo y morar en ese desierto, en compañía de ese príncipito, sería un acto de alta traición hacia mí mismo. Porque mientras yo dejo mi mente a la sombra del avión, el resto del mundo se va por el inodoro.

No voy a permitir que eso pase. O al menos, no pienso quedarme sin al menos intentar cambiar todo esto, lo que odio.

Ofrecemos resistencia.

Luego de leer su novela preferida, comencé a leerle El Lobo Estepario. Era mi turno. Quería leerle algo que significara algo para mí. Hesse escribió una obra magnífica, que en su momento me dio una idea relativamente clara sobre lo que sucedía en mi cabeza.

Parece que es, también, secretamente la cura del insomnio, ya que ella se quedaba dormida al segundo párrafo, hecho que encontré decepcionante.

Luego perdimos la costumbre por varios motivos.

Un poco después la perdí a ella. Me pregunto, ocasionalmente, si en las pocas palabras que escuchó de El Lobo Estepario habrá encontrado algo.

Imagino que a ella Hesse le dirá tanto como Saint Exupéry me dice a mí.

Creo que es mejor así.

Aunque, a decir verdad, me gustaba mucho el ritual. Ahora tengo muchas ganas de leerle algo a alguien, lástima que no tengo a quién.

¿Voluntarias?

...

Eso pensé. De todas formas, acá estamos abiertos hasta el amanecer, por si alguien cambia de idea.

  © Blogger templates The Professional Template diseñado por Ourblogtemplates.com 2008

Volve ARRIBA