domingo, 21 de junio de 2009

Desde el café (II)

Desde el café II

Sobre El Escenario


por Maldito Lobo


A vos, que estás leyendo.


Le dedico una última mirada y se la devuelvo. Odio que los billetes no puedan rodar. ¿Cuantos encendedores debería gastar para derretir una moneda? Demasiados. Y el tiempo -continuo e inabarcable- se percibe escaso. Tirano, dicen algunos ahí afuera.

-Señores-les digo, de pie en el centro-es hora de volver a empezar.

Sí. Es hora de renacer, entre símbolos y significados, entre relatos y versos. Debo prepararme. Es muy distinto todo a aquella vez, cuando, solitario, decidí dar el primer paso y narrar la primera historia.

Palpo mi pecho. Tomo mi pulso. Se siente extraño. Mis latidos son demasiado uniformes. ¿Será que mi corazón no está roto?

Carraspeo antes de abrir la boca y los examino a todos una última vez. Mi público. De un modo u otro, todos son mis amigos.

El fantasma, mitad del dueto de la primera página, me mira con complicidad. Le hago una seña. Se cruza de brazos. Conozco esa expresión. Sé lo que se aproxima.

Atrás, entre las sombras, muy a gusto, el chico solitario mueve una mesa. Sé que está leyendo mis pensamientos.

A mi izquierda la niña me mira. No dice nada; dice demasiado. Espero que le guste la inminente verborragia que ha de sacudir los cimientos del Teatro De La Humana Tragedia.

A mi derecha la belleza de la dama ilumina el lugar. Mis tinieblas retroceden. Me pregunto quien ganará la pulseada. ¿Su optimismo será más fuerte?

Atrás, en las plateas, algunos vienen. Nadie va. Todos saben bien sentarse a lo lejos, donde se ve y escucha, pero donde nadie puede notar su presencia. Sé que cuando quieran serán protagonistas y no meros espectadores.

Sin embargo, desde el comienzo mi atención ha estado depositada en el tipo de la moneda. Algo me inquieta.

-Aguarden-digo a los presentes.

Me paro y me dirijo a él.

-Acompañame-murmuro.

Camina a mi lado unos pasos.

-Hace un tiempo les conté una historia.

-Vos siempre contás historias-replica, con la mirada perdida en el vil metal.

-Sí. A eso me dedico. Pero esta es bastante particular, camarada.

-¿Otra vez el diablo?

-Quizás. Les hablé sobre dos personas que conozco. Una de esas, ella, vino a reclamarme hace un tiempo.

-¿Por contarnos esa historia?

-Por eso y un poco más. Me dio un ultimátum. Le regalé la razón. Si me reclamaba el alma, también se la regalaba.

-¿Por qué?

-¡Para que cerrara la boca de una buena vez!

-¿Valió la pena?-me pregunta, paseando la mirada de la moneda hacia mí.

-Por supuesto. Lo haría de nuevo una y mil veces más, sin dudarlo ni un segundo. Porque saboreé cada palabra, porque me desahogué en su momento, porque fue divertido, pero, por sobre todo, porque ahí queda un testimonio de lo ocurrido; queda un testimonio de mi paso por este mundo, de lo que viví y experimenté, de lo que escuché y de lo que me contaron.

Silencio. Él no dice nada, así que remato, una vez más, mi propia broma.

-Porque ese es nuestro deber, el deber de quienes sueñan por los demás.

Me sonríe. Saca un atado y me ofrece uno. Los encendemos. Miro al escenario. El chico solitario, el fantasma, la niña y la dama aguardan. Contemplo las plateas. Poco a poco se acercan nuevos rostros.

-¿Nuevos miembros para el reparto?-me pregunta.

-No lo sé. No vine a decirles como terminará esta historia, sólo a decirles como empieza.

-Esa frase... me recuerda una película sobre sueños y héroes, sobre sistemas y caídas.

No respondo. Está aprendiendo los sinuosos caminos de la inspiración. No voy a interrumpirlo.

Entre las sombras, en una distante butaca, la veo. No dice nada -creo que nunca lo hará- pero sé que está ahí, es presente, asiste a la función, porque es hoy.

Me regala un guiño complice. Y por una vez en la noche sonrío. Pero no a la totalidad del público ni al resto del reparto. Esa sonrisa es para ella y sólo para ella. Nadie más la tendrá, porque ni siquiera me pertenece. Es suya. ¿Como podría ser de otra manera si ella la creó?

Subo lentamente al escenario. Retomo mi lugar al centro, el que elegí cuando descubrí el lugar, vacío, ajeno al mundo, y, una vez más, los contemplo.

El fantasma, el solitario, la niña y la dama. El tipo de la moneda se aproxima y ocupa su silla. Me miran. Los miro.

-¿Comenzamos de nuevo?-pregunta el fantasma.

-A eso vine-responde la dama.

Miro hacia la platea. Entre los anónimos rostros de los espectadores, en la oscuridad, encuentro otra vez esa presencia y mi corazón, ahora sano por completo con toda seguridad, late al compás del universo.

-¿Pero desde donde empezamos?-pregunta el solitario.

-Desde el principio-responde la niña.

-Contá como empezó el universo-grita, prepotente, un espectador.

-Hablame sobre el jardín del edén-dice la mujer del abrigo rojo en la primera fila.

-Yo quiero un cuento sobre princesas y dragones, caballeros y espadas-informa un crío.

-Vine a ver una obra sobre un hombre solitario y su dolor-afirma alguien más.

Un estruendo escénico, una llamada de atención al público. “Silencio, vinieron a oír”, gritan las paredes del edificio.

Las pocas luces laterales culminan su agonía. El éxtasis de las tinieblas todo lo cubre. La ceguera se adueña de los presentes por una fracción de segundo. Luego un reflector me ilumina y me ciega, me potencia, una segunda vez.

Cuando me acostumbro de nuevo al lugar que ocupo sé que todo debe ocurrir. Hay que empezar.

-La gente se impacienta. Hacé tu gracia, contanos una historia-me dice el tipo de la moneda.

Enciendo un cigarrillo y decido volver al comienzo. Entonces hablo:

-Están dos tipos en un bar...

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Mi respuesta a Tras Bastidores, originalmente publicado en un Café Literario.

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