Desde el café (I)
Desde el café I
Tras Bastidores
por Armestt
Tras Bastidores
por Armestt
A mis compañeros de Café,
a los que se fueron, y
a los que están.
A los ignotos lectores.
A mí
a los que se fueron, y
a los que están.
A los ignotos lectores.
A mí
Rueda por el roído tablado una brillante moneda plateada. Da a parar a los pies del pelilargo, idealista de orgullosas ideas revolucionarias y agitadoras. El hombre de gesto adusto, pero de trato amable, con el temple de su carácter, y el detesto que siente por aquella vil aleación, se agacha para recogerla seguro, sin titubeo. Risueño, se zambulle en su ensueño de libertad.
En su incursión al suelo, la toma sin dejar de contemplarla. Alcanza a cerrar la mano, cuando pasa por allí el bohemio trotamundos de la vida, quien estuvo a punto de pisarle los dedos. Moviéndose de aquí hacia allá, se desliza taciturno, casi inadvertido, cual alma en pena, buscando una paz que espera pronto llegue. Teme ser uno más en la búsqueda de un lugar. Teme ser uno de los tantos que al encontrarlo, lo pierde.
Agita el aire frente la joven niña, quien arrastra una pesada silla. No acepta la ayuda de nadie. La firmeza de sus palabras no condice con la tesura de su rostro. Menos aún con el temple de sus determinaciones. Se sienta y da cuerda a una cajita musical, la cual dispone sobre su regazo. La tímida musiquita describe trazos en el aire, contagiando nostalgias y cautivando incertidumbres. Juega con una pluma, la cual acaricia su mentón. Sin saberlo, añora comprender y realizarse, y apiadándose de la plumita, la sopla.
Flota por el aire, bailando al ritmo de la música. Vuela alegremente hacia la ventana creyendo ser libre. Pierde su altura y se poza sobre el hombro de la dama que yace hacia un costado, ya dispuesta a entrar en escena. La mujer bonita termina de arreglarse, casi sin hacerlo. Simple y bella, se sienta y cruza las piernas, procurando ser una más. Su apariencia no es más que la increíble vidriera de algo inalcanzable. La ironía de ver y tener a un palmo, lo que no se puede arrebatar, por algo tan delgado y tan frágil como un fino cristal. Por dentro arrastra tantas marcas que podrían desfigurar a cualquiera, pero ella no deja que afloren de esa manera. Iluminando todo a su paso, se transforma en un arma de doble filo, que deja un inexorable cono de sombra cuando voltea. Intenta abarcarlo todo, pues teme quedar sola.
Se sienta e ilumina al solitario joven, quien parece presuntuoso y sociable en los ensayos, pero titubea cuando la dama le dirige la palabra, y prefiere ir tras bastidores, tomando distancia. Decide inspeccionar qué ocurre con las luces. Va solo, porque así lo prefiere. Nos parecemos mucho. Lo entiendo. Estará bien así, más no sea por un tiempo. Huye del dolor. Huye de lo que puedan darle. Volverá solo, cuando se encuentre más fuerte.
Situado casi en el centro del mundo, y si en el de atención, El idealista habla hasta por los codos para quien quiera escucharlo. La niña, la dama y el alma lo siguen con copiosa atención. Casi estudiándolo. Dejándose llevar por la fluidez del relator, que de esto sabe. Les describe mundos y hazañas con la elocuencia de un juglar del nuevo milenio, y la impronta de un clásico. Tiene el don de decir lo que piensa y hacer lo que dice. La niña escucha con atención.
Silla de por medio, el espectro no se halla cómodo y vuelve a ponerse de pie. No encuentra paz ni confort en esas rústicas sillas de madera obscura. Con un disimulado crujido del maltrecho lugar, está más predispuesto a emprender la retirada que quedarse aquí, a ver qué ocurre. Se sirve un trago de la mesita en la que estoy apoyado. Por un instante su mirada se posa en mí. Sonríe. Me da un guiño de aprobación y estima. Veo a través de sus ojos un gesto de paz y dolor que me cuesta descifrar. Se da media vuelta y se topa con la dama. El tiempo se detiene en ese instante. Todos permanecen inmóviles. Nadie puede reaccionar. Las extremidades no responden. La concentración es nula, la respiración dificultosa. No sé si alcanzaron a mirarse en ese eterno segundo, pero juraría que veo salir el vapor de aire de los cuerpos en cada uno de los presentes. El espectro soñador, iluminado y apesadumbrado suspira, y se posa más allá. Pareciera eludir el haz de luz. Le alcanza una copa al idealista, y se retira hacia una silla lejana, cerrando los ojos, procurando desaparecer. Procurando que todos los hagamos, o que al menos alguien lo haga.
Una somnolienta fragancia llega a acariciarme antes que logre recuperar la respiración. Ella se detiene frente a mí, y me encandila cual si fuera a atropellarme o pretendiera hipnotizar mi entendimiento y nublarlo para siempre. Me sonríe, derritiendo un pedacito del frío que me gobierna. Ilumina mi traje de hampón gris, sucio y desalineado. Se próxima demasiado. La fragancia es más fuerte. Roza mi cintura casi abrazándome al tomar un vaso que se encuentra detrás mío, sobre la mesa. Me besa en la mejilla. Huelo el narcoléptico perfume de su cuello y, extasiado, no logro entender qué me susurra al oído. Algo así como un “no te rindas”, o tal vez eso quise escuchar.
En eso, las luces se apagan completamente, a excepción de las de emergencia, que señalaban una única salida, la cual se encuentra muy lejos, muy difícil. Un destello hay en los ojos de esa muchacha. Ese instante en el que intento retenerla tomándola por las muñecas. Un soplo de su boca detiene todo a su paso. Un instante en el que me pierdo en esa eterna mirada. Donde alcanzo a ver la soledad que se esconde tras sus ojos. Un “perdón” se oye detrás del escenario. Arrojo mi brazo hacia delante, y abanico al aire. El joven solitario recompuso la iluminación, tanto o más tenue y sombría que antes, y me encuentro allí, aún de pie, con el brazo extendido y las pupilas dilatadas. Ella ya se había apartado.
Todos se sentaron. Unos más cómodos que otros. A sus anchas o a sus angustias, todos comparten esa ronda. Todos menos yo. El único que no siente nada. Aún los miro desde el borde del escenario. No espero una invitación. Hay una silla para mí, o al menos así lo creo.
Los observo como lo hice hacía tantas noches atrás. Todos conversan, pero sobre todo se miran. Se leen y analizan esas miradas como ajedrecistas sin reloj. Sin voluntad de detener el tiempo. Imposibilitados de adelantarlo y ejercer la diáspora a la salida distante. Incapaces de retrocederlo y nunca haber llegado allí.
Reparo en la sala vacía. Una insípida audiencia, me indica que no deben estar allí en ese momento. Esta es una reunión del reparto, como las que se dan en el escenario de cualquier teatro municipal. Sin embargo, había diseminados algunos espectadores y extras. Una cuchara en el piso. Una bóveda rasgada. El goteo de la canilla y las filtraciones de humedad en la pared, indican que hay que cambiar el cuerito. Al alzar la vista, el hombre de la última fila, sale por la puerta trasera. Confío que volverá a terminar lo que empezó.
En la primer fila, una dama sentada en silencio, con un saco rojo, contempla la escena. Ríe y llora. Sonríe y se frustra con lo que le transmiten esos sujetos. La emocional muchacha lleva un pañuelito de puntilla blanca en la mano derecha.
Ajenos a mi ausencia y mi distancia, bajo del escenario para ver una vez más a todos como en un principio. Me siento junto a ella. No se inmuta. Enciendo un cigarrillo y me mira con desdén.
-Mi escena –dije- debo subir.
-Lo lamento -respondió ella, y se marcha.
Confundido, subo al escenario, más obscuro, más marrón gastado, y más lejano y pesado que nunca.
-¿Y ahora?, me pregunta la niña, dando cuerda a la cajita musical.
-No lo sé – replico con mi oxidada fórmula.
Miro al idealista y le pido mi moneda. Tengo que decidir qué hacer a continuación.
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Originalmente publicado por Armestt en un Café Literario.








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