Ya Poco Nos Queda
28/08/07
Ya poco nos queda. Desde que un tal Longinus clavara su lanza en la destrozada humanidad de un carpintero crucificado, nos han ido quitando todo lo primitivo que atañe a nuestra magra identidad. Incluso los ritos de paso.
No nos quedan cicatrices para reconocernos como iguales, ni nombres nuevos, ni siquiera una simbólica muerte seguida de un simbólico renacer. No tenemos que probar nuestra valentía, ni nuestra destreza, ni nuestra idoneidad.
No hay esoterismo. Parece que Robespierre y su guillotina sí erradicaron la superstición, en cierto modo.
Mediante un razonamiento tan liviano como una pluma y tan prepotente como un policía, los adolescentes creen que la única línea que separa al niño del hombre es aquél húmedo misterio que reside entre las piernas de una mujer.
Y no es para menos, si hasta les prohíben beber cuando terminan el secundario. O al menos, así era hasta hace poco. Algún tiempo atrás, el juez Juan Vicente Cataldo tomó la decisión de permitir la venta de alcohol en las fiestas de egresados.
Por supuesto, no hay que ser un genio para entender que los neanderthals están danzando ante una luz verde, y no precisamente las de los locales bailables que han recapitalizado.
Quienes se oponen, arguyen que la gente es naturalmente buena, pero es mejor cuando se la controla. Esto no es más que una evidencia de cuan ilusorio resulta el libre albedrío en el siglo XXI.
Los opositores, los detractores, los que quieren hacer dinero con la idea contrario, se preguntan, nos preguntan, como se hará en las fiestas para controlar que se le venda alcohol sólo a los mayores de 18 años.
Y nosotros preguntamos: ¿Tan grande es la diferencia entre tener 17 años y tener 18?
Nos dicen que vender cerveza a los chicos generará violencia. Nosotros les decimos que la violencia está ahí y que indefectiblemente escapará en algún momento. ¿Acaso no entienden que no atacan la enfermedad sino los síntomas?
Y para mayor insulto a la inteligencia colectiva, nos dicen que limitarnos de ese modo es un acto de amor. Y a pesar de ser un insulto, yo les creo. Pero les pregunto ¿Amor a quién? ¿O a qué? A nosotros no, eso seguro.
Sin importar los motivos, esta es una pequeña batalla ganada para esa última llama de rebeldía que arde en el corazón de muchos de nosotros.
El niño en mi interior ya no quiere matar al adulto que hubo en mi infancia, está ebrio de alegría. Y ningún conservador puede cambiar eso.
Odio todo esto.








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