domingo, 4 de enero de 2009

Los Condenados

Cien mil minutos de espera por una mirada que lo corroe.

No estaba preparado para eso. Sinceramente, no podía estarlo. Verán, hay quienes no aprenden a convivir con ellos mismos. Mucho menos con un extraño. Porque eso era quien lo contemplaba en aquel momento: una desconocida.

Sabía lo que le esperaba. Lo sabía desde un primer momento. Pero era tarde. Aquella experiencia, aquel amor, había sido demasiado tempestuoso. Todo se tiñó de gris soledad mucho antes de verse ayer. A decir verdad fue hace un par de semanas.

-Vivamos juntos-o algo similar debe haberle dicho. La respuesta fue afirmativa. Y así estuvieron, bajo el mismo techo y sobre el mismo colchón durante quince días.

Unas vacaciones en el infierno tras una larga estancia en un paraíso de telenovela.

Entre el humo de algún bar la historia fue conocida. Las palabras fueron dichas muy por debajo de la rabiosa voz de Ian cantando Highway Star. Como si buscara, con desesperación, una mano amiga al verse presa de una tribu de antropófagos. Pese a ese tímido intento los más cercanos a él lo devoraron vivo.

No era para menos. Después de todo, fue advertido en su momento. no es que fuera una mala mujer, ni él un mal tipo. No era ese vulgar, y terroríficamente real, lugar común: no están hechos el uno para el otro. No, era eso. Sencillamente eran dos desconocidos desesperados buscando acompañarse en vez de nutrir sus ausencias con Presente. El vacío que se expandía cada día por dentro no podía ser llenado, pero aún así ellos (sí, ambos) intentaban reemplazar personas que no eran más que recuerdo.

Nunca estuvieron ni estarán a la altura, porque son humanos y no las entidades ideales que el tiempo, la distancia, la ira y la muerte formaron en sus memorias, borradas con saliva y escritas una vez más con sangre y bilis.

A la larga lo que él más ansiaba era aquel misterio que ella ocultaba, el ansía que yacía tórrida entre sus piernas.

Y ya que no puedo mentir, ella sólo quería un poco de silencio mientras otro esperaba su turno para hablar.

Quizás sí es verdad que tenían algunas restricciones. Ella nunca podría callarse nada (cosa que le encantaba). Él tenía prohibido auxiliar ideas revolucionarias (cosa que le aliviaba).

Durante esa quincena en la que estuvieron juntos estos… paradigmas fueron cumplidos por ambos. Aún así, nada estaba bien. ¿Y cómo podía estarlo, si eran más que espectros de tiempos enterrados bajo la arena de un Olvido Ausente? Eran personas. Nunca estuvieron a la altura de ciertos personajes de ficción.

Todo estalló por un absurdo; todo estalló por platos sin lavar. Como Alemania quejándose de los postes que debía a las naciones aliadas, estos dos nada más se toparon con una excusa para desatar la guerra.

Y la burbuja se quebró.

La esperó cien mil minutos hasta verla llegar. Para él era como el mismísimo sol; inundaba con luz su mundo. Para mí era más bien un sol dormido, eclipsándolo todo.

Cincuenta y nueve segundos bastaron para decirlo todo. Rápido y doloroso. Para saber lo que sintieron deberían romperte el esternón de un solo golpe.

Y en furiosa arremetida una legión de Demonios De Tus Lamentos los atacaron.

Ella se marchó a seguir con su vida. Él fue a beber whisky. Yo me fumé un cigarrillo y deduje el resto de la historia; lo que los titulares de sus existencias dirán mañana. Y medité sobre el amor y el abandono, sobre los ideales y la malparida realidad.

Idilia, la tierra prometida de los enamorados, fue arrasada hace tiempo. Violaron a las mujeres y empalaron a los hombres. De las casas blancas con jardín amplio -para que los niños jueguen con el perro- sólo quedaron los cimientos. El único templo -el sitio donde ellas vestían de blanco y ellos decían “acepto”- fue quemado por las llamas de la culpa y la mentira; en su lugar se erige ahora una Catedral A La Tristeza. Los sueños de jubilaciones dignas fueran derogados por ley, firmada esta por el mismísimo Morpheo. En la plaza central el monumento a Cupido fue demolido, ahora podes ver en su lugar una estatua que rinde homenaje a Thomas Hobbes. En las ruinas de la vida un tipo escribe una canción, “hombre y guitarra llorando la misma pena”.

Lo que reconforta es la existencia de Empiria, la tierra forjada por los Refutadores.

La belleza es relativa al espectador. Los actos valen más que cien mil palabras dichas y cien mil minutos de espera. Las personas son falibles; los errores se comprenden, los defectos se aceptan. El resto, se perdona. Lázaro nunca volverá a caminar, pero quizás Job algún día comprenda que si sufre tanto es porque él mismo es un estúpido. Está en sus manos revertirlo.

Ahí construiré una casa de un color aún no definido. Sin jardín, porque el dinero no me da para tanto, pero con un perro como amigo y un cactus como mascota. No me interesa la jubilación, sigo mi pasión más profunda, lo que haré hasta el día de mi muerte. Las iglesias no me importan, pero quizás debe ir pensando como explicar que no hay modo de arrastrarme hasta el registro civil disfrazado con un traje. Hablaré con algún amigo escultor -debo conocer alguno, después de todo siempre “conozco a un tipo”- para que haga una estatua de Ritchie Blackmore para la plaza central de la ciudad a la que me mudaré. Después de todo, el hogar es siempre a la vera del camino. Y todos los caminos convergen acá.

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