El Descenso
La noche, emperatriz de las más burdas miserias humanas, había atrapado la indefensa ciudad, una vez más. Blancas, fantasmales luces comenzaban a brillar en las aceras, iluminando, así, el escenario donde habría de representarse a la brevedad un acto, necio y cobarde, vacío e irrelevante, de la Comedia Humana. Los Vientos de Sangre se desatarían, llorarían las mujeres, reirían las divinidades del pozo. Y él, él sólo continuaría como antes del hecho, inmutable.
Una pequeña flama estalla en las sombras. Arden hebras de tabaco y papel. Blanco humo de alquitrán incendia sus pulmones al echar el fuego en su interior. Pero, a pesar de haber renunciado al vicio hace tiempo, eso no le preocupa, ¿por qué habría de hacerlo? Después de todo, es como arrojar un fósforo hacia la caldera de un tren que marcha a toda máquina. Todo su ser está en llamas. El odio que lo posee está inmolándolo, arrastrándolo a la comarca de los condenados. En su mente sólo existe una palabra: venganza. Es lo único que anhela, todo lo que quiere obtener, luego, luego ya nada importa. Alguien agotó su paciencia y tolerancia y a ese alguien, hoy, se le acabó la buena fortuna. Morirá. Está escrito.
Pacientemente, aguarda el momento decisivo. Fuma tranquilo, con la mirada perdida, visualizando mentalmente los pasos a seguir. Con fría cautela y atroz convicción, imagina la agonía final de aquel que ni siquiera considera su enemigo. ¿Cómo podría serlo? Él ha elegido a todos sus enemigos por la inteligencia que estos poseen, por eso los respeta. Pero a esta basura disfrazada de Ser Humano no podría respetarla jamás, mucho menos regalarle el Temor que demanda. No, amigos míos, no es su enemigo. Apenas una piedra en el zapato. Pero una muy grande y molesta.
Las Horas Sin Sol siguen su curso, el mundo no va a detenerse por alguien. La medianoche está cerca. El momento está cerca. Él lo sabe. Vigila la esquina desde las sombras. A veces, observa la entrada de la casa de su victima. Es curioso, durante tantos años llamó a ese lugar su hogar, jamás hubiera permitido que algo así sucediera delante de su puerta, que ahora le resulta difícil creer que ya no le pertenece. No, ese sitio no es suyo. Ya no. El Otro la usurpó. Lentamente. Primero, se relacionó con alguien que ahí vivía. Entró. Durante años y años sus visitas fueron frecuentes. El novio de la nena. Aún cuando él era sólo un niño, sabía que no había nada de bueno en ese sujeto. No podía especificar qué le disgustaba acerca del individuo, no parecía diferente del resto de los, inocuos pero inofensivos, adolescentes de su ciudad. No tenía evidencias con las cuales validar ante su Razón las acusaciones del Instinto. Excepto, claro, por el simple hecho de que despedía un hedor, metafísicamente nauseabundo, que sólo había percibido emanar de esos monstruos de azul a los cuales los demás, siempre, obedecían. Esos, los que portan la Muerte en sus cinturas. Pero, después de todo, tan sólo era el olor, ¿qué podía eso importar?
Extrae del bolsillo interno de su campera el atado de cigarrillos y maldice, por enésima vez, al futuro cadáver. Apenas le restan un par de sus fieles amigos y no puede abandonar su puesto. No. El Otro debe caer antes de entrar nuevamente por esa puerta. Así lo ha jurado ante los Espíritus Del Silencio. Trata de concentrarse en el plan otra vez, pero los recuerdos son más fuertes. Rememora su pasado. Los días en los que aún consideraba propia la casa frente a él. El día en que le informaron que sería tío, su propia indiferencia inmediatamente seguida por la ira al notar, con feroz repugnancia, que había un niño en camino que no tenía por objetivo más que ser el medio para lograr el plan de El Otro. El comienzo de la inquisición. Los valores cristianos de su familia, los cuales él rechazo desde antes de la pubertad, demandaban un inmediato matrimonio y esos mismos valores obsoletos obligaban a sus padres a proveer de techo a los idiotas que caminaban el mismo sendero que ellos cuarto siglo antes. Todo lo que El Otro debía hacer era tener un ingreso de dinero, y lo obtuvo uniéndose a los Monstruos De Azul. Él lo descubrió y lo gritó a viva voz. Nadie escuchó. Preferían no comprender que El Otro llevaba años gestando un plan y que ese punto, morar en aquella casa, era la culminación de la estratagema. O, al menos, eso creía él. Porque, como los años posteriores lo comprobaron, El Otro quería el dominio de la familia, la posesión de las propiedades y la servidumbre de aquel que ya no era más una persona, sino una sombra más en la que sería su última noche. El tiempo corre provocando estragos y El Otro no lo pudo ver venir, su necedad se lo impidió. El niño creció. Pocos años bastaron para transformarlo en un desquiciado.
Aspira por última vez y arroja la colilla al suelo, la pisa y tras un momento libera el humo y con eso, sus recuerdos. Los últimos años fueron de infierno. La prepotencia y estupidez de El Otro siempre había sido, cuando menos, despreciable, pero el arma legal que llevaba seis años en su poder había acabado de corromperlo. Reglas salidas de ninguna parte, exigencias vacías de razón, demandas incoherentes se aunaban, constantemente, a los insultos y amenazas que profería hacia cualquiera que fuera desoído por la familia. Él no sólo se rió de todos y cada uno de los intentos de El Otro por convertirlo en su sirviente, sino que, también, le negó aquello que más ansiaba: respeto. ¿Porqué dárselo? El Otro no otorgaba un marco para eso, además, hay cosas que deben ganarse. Viendo esto, El Otro, en su liviano y tonto razonamiento, trató de sustituir el mentado respeto con miedo, pero también es esto fracaso. Él no le temía a nada excepto a la estupidez humana. Y nada más tenía que enfrentarse a un estúpido. ¿Cómo temer? Armas de fuego y Monstruos de Azul sólo le generaban desconfianza. Jamás miedo.
Escucha el motor. El momento se aproxima. El Otro se acerca y en su mente se mezclan velozmente cientos de sonidos e imágenes del pasado. Agazapado en las sombras, trata de recordar que es lo que lo lleva a hacer lo que va a hacer. No puede precisar un hecho. Los atropellos de tantos años se funden en uno solo, al igual que las indignaciones. Al final, sólo hay desprecio y sed de retribución. La noche anterior una amenaza quebró el frágil cristal en el cual reposaba la suerte de El Otro. No más tolerancia, se dijo él a sí mismo, no más piedad, no más intentos por mantener la humanidad, no más anhelos de superioridad moral. No más. Él se exiliaría, pero El Otro nunca, jamás volvería a entrar a la que ya no era su casa.
Escucha a El Otro bajar del vehículo. Escucha los pasos. Escucha el sonido de las llaves al chocar entre sí, y emerge desde las sombras.
-Al fin llegás. Te estaba esperando-dice él, parándose delante de El Otro.
-¿Qué mierda querés, pendejo? ¿¡No ves que estoy tratando de entrar!?
-Quiero decirte algo, yuta.
-¡¿Qué cosa?!-exclama El Otro y camina hasta pararse justo frente a él, deteniéndose a 10 centímetros de su rostro. Él huele el aliento a vino barato con una última repugnancia.
-“Upon your broken dreams your weakness gives me strength, I’m laughing at your silent screams. I’ll crush you with my hate!” . Esta misma noche.
Sonríe mientras El Otro lo mira extrañado, sin comprender aún lo que sucede. No es una advertencia, no es una amenaza, no es una declaración de guerra. Es una crónica del futuro inmediato.
Él lanza una patada al tórax de El Otro, quebrándole dos costillas y obligándolo a caer en medio de un grito ahogado, vil, cobarde. Silencioso. Se agacha y, levantándolo del cuello de la ropa, lo incorpora y le asesta un rodillazo entre las piernas, lo suelta, sujeta su nuca y le estrella la cara contra el suelo. Lo deja en el piso y se aleja unos pasos, cual pintor contemplando el progreso de su obra. El Otro aprovecha el intervalo y, aturdido, desenfunda su 9mm. Él no está impresionado, es sólo un arma de fuego. Escucha el disparo mientras está en el aire, saltando sobre el idiota, apenas siente el metal penetrando su pierna, desgarrando sus músculos hasta incrustarse en el fémur. En un único movimiento, quiebra la muñeca de El Otro mientras le incrusta la rodilla en la boca del estómago al tiempo que empuja el arma de un golpe. Lleva sus manos al cuello del caído y lo mira fijo a los ojos.
-Decime, yuta, “¿Son los huesos de tus pecados lo bastante afilados para cortar tus propias excusas”?
Suelta el cuello dándole lugar para una respuesta y El Otro trata de decir algo, pero sólo puede toser.
-Respuesta equivocada.
Posiciona su mano derecha a la altura de su propia mandíbula, cierra el puño y levanta las falanges, su furia estalla en un grito y asesta un golpe seco, despiadado, en el tabique de El Otro, la presión generada por la energía cinética es tan alta que el hueso colapsa, se astilla, y cientos de esquirlas salen disparadas directamente al cerebro. El Otro Muere, él sonríe.
-¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué pasa?!-grita desesperada aquella que él llamó madre durante tantos años.
-Tu protegido vino apestando a vino y trató de matarme. Eso pasa-responde, indiferente, mientras se incorpora, sintiendo el ardor en su pierna, sólo entonces percatándose de cuanta sangre está perdiendo.
-¿Qué le hiciste?-exclama quien, una vez, fuera su Padre.
-Lo maté. Mirá lo que me hizo en la pierna… esa bala hubiera entrado en mi cabeza si no saltaba en el momento justo…
-¡¡Noo!! ¡Por qué! ¡No!-grita La Nena De Papá mientras se lanza al charco de sangre y abraza el cadáver.
-Porque debía ser así. Porque el mundo pierde bien poco y gana mucho a cambio.
-¡Hijo de puta! ¡Vas a pagar por esto! ¡Todos sus compañeros te van a venir a buscar! ¡Te van a matar y nadie se va a enterar!
-Que así sea.
Él se sienta en la vereda y, con su propia ropa, improvisa un torniquete para disminuir la hemorragia en la pierna. Confía en que alguien llamará a una ambulancia. Alguien grita “fue en defensa propia, fue en defensa propia”. Un vecino se le acerca y le ofrece un cigarrillo. Él lo acepta y se sonríe. Está recordando la primera vez que fumó un cigarrillo, el diálogo mental que tuvo consigo mismo en ese momento.
Despide un hedor nauseabundo, como el de esos monstruos de azul. Pero, ¿qué puede eso importar? Es sólo el olor.
Se muerde la lengua para no reír. ¿Cómo un cazador urbano ha de desoír a sus instintos? ¡El sólo olfato es prueba suficiente, siempre! Ese cobarde apestaba a mierda y orina, apestaba como los Monstruos de Azul. No, no apestaba como ellos. Siempre había sido uno de ellos. Esa pestilencia, ese fétido hedor a corrupción y miedo, siempre habían conformado parte de su esencia.
A lo lejos, oye la sirena de una ambulancia. Quizás vengan por él, quizás vengan por el cadáver. Como sea, sobrevivirá. Al menos, esta noche. La Nena De Papá no bromeaba, los Monstruos de Azul vendrían por él, tarde o temprano. Agazapados en las sombras, con armas ilegales, disfrazados de personas, buscando retribución. Iba a luchar, eso seguro, y quizás hasta eliminara a algún otro en el proceso. Pero no sobreviviría. No sin armas.
¿Tomaré un arma? se pregunta él. ¿Jalaré un gatillo, tomaré una vida de un modo tan cobarde, tan repulsivo? ¿Me valdré de los medios que detesto? ¿Caeré tan bajo como aquellos a quienes desprecio? ¿Caeré? Las preguntas no tienen sentido. No, amigo mío, nunca tomarás un arma, no te unirás jamás al Cohorte De Los Serviles. Y no caerás. Porque ya lo has hecho. Llegaste ya a lo más bajo.
Iniciaste el descenso cuando juraste venganza con los Espíritus del Silencio como tus únicos testigos. No tocaste fondo cuando confrontaste a El Otro, ni cuando quebraste sus huesos ni mucho menos cuando te hirió. Fue en el preciso momento en que lo tuviste en el suelo, vencido, tratando de suplicar por su vida, cuando colisionaste contra el suelo, contra el Inframundo de Sandalphon. Matar es fácil, mi amigo. Ahora, sabés lo que es.
Él se siente enfermo. Un mareo extraño toma posesión de su cuerpo y un segundo después vomita todo el contenido de su estómago. Un camillero le toca el hombro y le tiende la mano para ayudarlo a erguirse. La rechaza. Solo y rengueando, acude a la ambulancia. No mira atrás. No hay nada para él a sus espaldas. Todo acabó.
Los vientos de sangre cesaron. El llanto de las mujeres calló. Las carcajadas de las Divinidades del Pozo se dirigieron hacia otros desdichados despojos de humanidad. El cruel silencio descendió sobre la calle quebrado sólo por el distante eco de los acordes finales de Of Sins And Shadows. Las tinieblas guardaron bien el secreto de lo sucedido, nadie supo, realmente, como cayó el Monstruo De Azul. Pasados algunos meses, la justicia sobreseyó al acusado y los (¿)amigos(?) del difunto decidieron cobrarse la deuda. En una noche sin luna emboscaron al que sabían, como nosotros sabemos, el homicida de aquel idiota asesinado en la calle y lo metieron en el baúl de un auto, lo llevaron a campo abierto con la intención de fusilarlo. Al día siguiente, cinco oficiales de la policía provincial fueron hallados, todos con varios huesos rotos, asesinados a golpes. También se hallaron esquirlas de lo que parecía ser una bomba casera, la cual, debido a una máscara anti-gas hallada en las inmediaciones, se dedujo no era explosiva sino lacrimógena. Él nunca volvió a ser visto. ¿Cómo podría eso suceder, si, en realidad, había muerto esa noche en aquel campo? Su cuerpo se mantuvo con vida y aún lo hace, pero, créanme mis amigos, él murió ahí dejando únicamente un cuerpo vacío, unos principios violados, la esencia transmutada. Lo que quedó, El Otro, es nada más una figura sinuosa que sólo puede hacer aún más oscura una noche cerrada.








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