Capítulo III: El Juego

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Bajo del taxi varias cuadras antes y me interno lentamente en las callejuelas de aquel barrio.
Todos me miran; nadie me mira. No soy un ausente, soy un no-presente. Y la calle no puede estar más vacía. Recuerdo las palabras de Lucifer. Todas y cada una de ellas. Imagino los pensamientos de aquel que me espera y sonrío.
El agua se aparta de mi paso. Mis botas se hunden en el pavimento. Mi sinuosa figura se mimetiza con las sombras, emperatrices del secreto y cómplices del engaño.
Llamo a la puerta, fingiendo educación. Una monja me atiende. Es una octogenaria siciliana. Hablo como siempre y, como siempre, ella escucha mis palabras en su lengua natal.
-Lo espera en el estudio-dice la vieja.
Entro.
-Sabía que estabas en camino, Soñador.
-Hola, vine a conversar-digo casi con indiferencia mientras me pongo cómodo.
-No tengo respuestas. Al menos, no para vos. Perdés tu tiempo acá.
-No vine por eso, Nazareno.
-¿Qué buscas, entonces?
-Preguntas.
Silencio.
-Habla, Soñador. Ya conozco este juego. Todo para el ganador.
-Dos tipos en un bar discuten sobre la felicidad, uno de ellos va a cobrar deudas pendientes, el otro se queda y toca el piano el resto de la noche.
-¿Dónde comienza todo?-me da mi pregunta.
-Comienzos… hubo una disrupción. Algo dejó de funcionar correctamente. Y un día lo dijo: había decidido que ya no me amaba.
-¿Por qué te dejó?
Cada respuesta engendra una pregunta y esa pregunta da origen a un recuerdo olvidado. Es un juego de adultos que debe ser llevado adelante con la inocencia de un niño.
-Dejó en mi historia personal un nuevo paradigma. Y lo hizo ella sola.
Nazareno sonríe. Juega conmigo.
-¿Qué es lo que sorprende?
-Fue una sorpresa… nunca pensé que ella querría estar conmigo.
-¿Qué fue lo que pensaste en un primer momento?
Es un juego muy antiguo. Hay muchas formas de perder. No saber una pregunta, no saber una respuesta, falta de imaginación. Miedo a la verdad.
-Por un momento creí que podría funcionar, que podríamos estar para siempre juntos. Ella me dijo eso, ella me hizo creer en su amor, para luego exiliarme por completo de su vida. Ya no puedo siquiera dirigirle la palabra.
-¿Por qué duele tanto?
-El sufrimiento no se detendrá.
-¿Por qué estás haciendo esto?
El ganador lo lleva todo, esa es la única regla. Cuando uno de los dos ya no tiene palabras válidas, el otro puede hacer su voluntad. Reyes han perdido sus reinos y mendigos se han transformado en emperadores en noches como esta. Aquel que resulta victorioso puede dar una orden. El otro debe obedecer.
-Una mujer fue violada. Yo vengué ese acto. Ahora, pretendo demostrarle a tu padre que la revolución de Lucifer puede haber fallado, pero que siempre existirá quien se niegue a su voluntad. No acepto la predestinación, la tiranía.
-La voluntad de Yaveh no te influye, Soñador, lo sabes de memoria-responde Nazareno, sonriendo. Replicó a una respuesta en vez de darme la pregunta que correspondía.
-Perdiste-le digo con calma.
-Lo sé.
Me sirve un whisky. Él bebe agua.
-No morí en la cruz por ellos, Soñador. Era el plan de mi padre. Lo seguí al pie de la letra por temor. Aunque no sé bien a qué le temía. Sólo Lucifer se atrevió a desafiarlo. Su castigo fue la condena eterna en el infierno. Pero ya ves…
-Nada es para siempre, Nazareno.
-Lo más triste es que él me revivió y me hizo ascender a los cielos juntos con mi madre. Hubo una fiesta, un gran banquete de celebración. Nos felicitó en persona por haber cumplido el plan. A la hora de lavar los platos ya no nos necesitaba. Nos arrojó a la tierra de nuevo. Y acá estamos, desde hace dos milenios. “No queda nadie de los de antes, y los que están, han cambiado”.
-Ella no fue siempre así, ¿verdad?
-Hace tiempo que no la veo. Pero una cosa es segura: no hay motivo para llamarle como le llaman en las escrituras.
-Lo sé, hijo de puta.
-Vas entendiendo. Ahora, Soñador, que se haga tu voluntad: dame mi orden.
-Prefiero llamarle favor entre caballeros, Nazareno. Lo que quiero es un portal a Pandemonium.
-Ya veo. Sólo puede abrirlo quien conozca el camino. ¿Por qué no se lo pediste a Lucifer?
-Él no lo haría. Y se abstendría sólo por molestarme.
-Sí, supongo que él no lo haría.
Toma un alfiler y pincha su dedo índice. Con la sangre escribe en el suelo una palabra en una de las lenguas prohibidas.
Da las gracias en arameo y el trabajo está hecho.
-Adiós, Soñador.
-Adiós, Nazareno. Quizás volvamos a vernos.
-Lo dudo mucho. Lo más probable es que no regresés nunca.
-Quizás así es como deba ser.
Piso la palabra en el suelo y la una oscura luz me rodea. Está comenzando. Por propia voluntad regreso al infierno.
Tengo que entregar un mensaje conocido por todos.







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