Capítulo II: En Lo Alto

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Me espera arriba. Puedo sentir su presencia. Tiro la puerta de un golpe y entro. Choco con algunos feligreses que me miran con indignación; choco una monja que no se atreve a confrontar mis ojos. Los sacerdotes me dan la espalda cuando llego a la escalera. Nadie se interpone en mi camino.
Subo presurosamente acompañado por el sonido de la lluvia. Me pregunto si habrá un combate. Lo veo en el campanario y camino más lento.
Estamos cara a cara ahora.
-Soñador-me dice con esa sonrisa tan suya, tan soberbia.
No respondo, no vine a saludarlo.
-¿Cómo has estado, viejo enemigo?
-Como siempre.
-Hace tiempo de nuestro último encuentro, Dador De Formas. Acá arriba se escuchan cosas.
-¿Sí? ¿qué clase de cosas?
-Dicen que lloras por los rincones, que te volviste débil.
Lo miro. Sé que tiene miedo. Contemplo la ciudad que se mueve por inercia y por un segundo casi lo entiendo, a él y a los suyos: desde las alturas todo lo que está abajo parece minúsculo e insignificante.
-Nunca comprendí tu alianza con Lucero Del Alba, Soñador. Nunca entendí por qué tomaste partido en la batalla del segundo día, cuando cayeron.
-Yo nunca caí. Pelee hasta el final. Cuando mis camaradas fueron derrotados, volví a mi tierra y cumplí una penitencia por cada hermano de armas arrojado al abismo. Lamenté cada condena.
-¿Y qué esperabas? No se puede matar a un ángel con un puñado de pesadillas, Soñador.
-¿No? Entonces, decime ¿por qué tus alas son impares?
-Silencio, Soñador, recuerda mi nombre.
-No me importó aquel día y sigue sin importarme, Mensajero. Quiero oírlo de tu boca. ¿Por qué tus alas son impares?
Me dedica una mirada que quisiera encuadrar y colgar en una de las paredes del bar de Lucifer.
-Porque…
-Habla de una vez, ¿o acaso debo recordarte yo mi nombre?
-Porque durante la batalla clavé un puñal en tu espalda.
-¿Y qué sucedió luego?
-Usaste ese mismo puñal para cortar una de mis alas y luego alimentaste a tus pesadillas con ella. Después tomaste a Israfel y…
-Suficiente.
-¿A qué viniste, Soñador?
-A saldar cuentas pendientes.
-Me amputaste un miembro, ¿no estás satisfecho?
-Olvida la puñalada. Nunca te había visto antes. Lo único que heriste fue mi espalda. Si no me hubieras atacado, seguramente el resultado sería el mismo.
-¿Entonces qué es lo que te debo, soñador?
-Hace más de dos mil años violaste a una mujer en una carpintería en Nazareth. Diste origen a un ciclo de tormento que terminó con un tipo en una cruz. Abriste el juego. Desde entonces nada ha estado bien en este mundo.
-¿Y estaba mejor antes?
-Podría estarlo ahora. Pero no se trata del dolor de todo un mundo. Es por una sola mujer violada.
-¿Y por qué esperaste más de dos milenios para venir a verme?
-Porque antes no me importaba.
Ahora el puñal brilla en mi mano. Ahora comienza la verdadera tormenta.
-Soñador… acá arriba se escuchan cosas…
-Eso ya me lo dijiste.
-Yo… conozco tu dolor, pero debo decírtelo: ella no volverá.
-Lucifer me dijo lo mismo. Lo que no entiendo es por qué todo el mundo cree que cada uno de mis pasos es un intento por recuperar lo que perdí.
Lo tomo por el cuello y lo golpeo contra la pared. Llora.
-¿Por qué haces esto?
-¿No es evidente? Porque sé tu nombre.
-Por favor, no, Lord Morpheo…
Grita cuando el frío metal le cercena el ala. Siento sus manos en mi cuello, pero no me ahorca. A decir verdad, la presión que ejerce contra mí se parece más a una caricia.
Procuro realizar el corte con el mayor dolor posible. Lo merece. Les repetí un millar de veces que no utilicen sus estúpidos títulos nobiliarios para referirse a mí.
Él cae. Contemplo mis manos, teñidas de carmesí por su sangre divina. Los truenos forman un coro y ese coro me amenaza.
Yaveh está dictando una sentencia que nunca podrá cumplir.
-Morpheo… no podés hacer esto… hay… hay reglas que cumplir…
-Las reglas de los tuyos no me interesan-le digo mientras comienzo lentamente el descenso-yo estaba acá antes del despertar de Yaveh; no soy una de sus creaciones. Lo excedo, a él y su mundo, a él y a sus reglas.
-Es absurdo… ¿por qué lo hiciste?
-Ya respondí esa pregunta.
-¿Es por tu estúpido amor perdido, Soñador? Si es así, no sos más que un imbécil. Sos como esos mortales, inmundo, estúpido…
-Una mortal es mi “estúpido” amor perdido. Una mortal que conocés bien.
-¿De qué estás hablando? No se me permite hablar con mortales fuera de esta catedral. Es así desde hace más de un milenio.
-La conociste hace más de dos milenios, en una carpintería en Nazareth.
-No… Soñador… espera… no… puede ser… ella no.
Me detengo en las escaleras y medito un segundo. Luego, le hablo.
-¿Cuál es tu nombre, Arcángel?
-Soy… “La Voluntad De Dios”. Morpheo, espera… ¡MORPHEO!
-Adiós.
Bajo en silencio mientras él exclama, amenazando en el nombre de su padre.
Las primeras cuentas han sido saldadas. El objeto fue destruido. Ahora es tiempo de cerrar heridas.
Afuera la lluvia se empeña en continuar. Camino unas cuadras y subo a un táxi. Tengo otros medios, pero esto es la vigilia.
Mientras el coche avanza, las esperanzas que una vez tuve mueren en silencio. Sé que no cambiará de idea, sé que ya no sueña conmigo. Pero debo hacer esto. Y no es una venganza. Ni un castigo. Ni siquiera es justicia. Es negación.
Ahora niego el destino, la predestinación. Entre todas, fue elegida por Yaveh en persona para hacer su voluntad. Usó el método más simple porque las reglas no se aplican al jefe. Porque no habría consecuencias. Veremos que podemos hacer al respecto.
Los truenos auguran una noche horrorosa. En las alturas sé bien que el está de pésimo humor. Apaguemos el incendio con nafta: visitemos a su único hijo, el que murió, resucitó, ascendió a los cielos y fue echado a patadas por su propio padre.
Será una noche divina.







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