Capítulo I: Están Dos Tipos En Un Bar

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Él toca una rarísima versión de GOD BLESS THE CHILD mientras me sonríe detrás del humo de un cigarrillo francés.
-Mis propios arreglos-me dice.
-Extraño la voz de Billie-respondo, indiferente.
-Ya sabes, Soñador, apenas estoy aprendiendo a tocar.
-Se nota-murmuro lo bastante alto como para estar seguro de que me escucha.
Apuro mi whisky mientras contemplo las fotografías en la pared. Las estáticas sonrisas de cientos de celebridades dejan entrever cierto nerviosismo.
Me llamó la atención una en particular. Un tipo que condujo casi por inercia a millones de personas por una vez se había permitido mostrarse tímido e inseguro.
-Ese es Carter-me dice él desde el piano, adivinando mis pensamientos-vino un día a proponerme un pacto.
-¿Qué le dijiste?
-Que no me gustan las vulgaridades. Pero bueno, no podía esperar otra cosa de un tipo como él, ¿verdad?
Silencio, con el vaso vacío en la diestra. Diez segundos, más similares a eones que a minúsculos e insignificantes fragmentos de humana existencia, y él habla de nuevo.
-No va a decirlo, Soñador. Esas palabras jamás van a salir de su boca de nuevo, sin importar cuanto quieras que sea este el caso. No lo dirá.
-¿Estás seguro, Lucifer?-pregunto con un dejo de masoquismo.
-Tu reino es el de las formas, el de las apariencias que son lo que no es; la metáfora y la alusión, los símbolos y los sentidos de dos vías. Humo y espejos. Reflejos de reflejos y luces que chocan, diáfanas quizás, contra lo que huye de la vigilia. Lo mío es distinto. Fui el brillante lucero del alba y el Primer Caído. Ahora soy un jubilado. Los viejos sabemos cosas, amigo mío. Tu presencia en la esperanza hace imposible que te rindas, tu naturaleza de subjetivo historiador de lo que nunca ocurrió y siempre está ocurriendo demanda sentido a todo aquello que jamás lo tuvo. Por eso te digo lo que sé: ella no volverá. La verás ocasionalmente y sonreirás, aunque por dentro un millar de Furias clamen por una respuesta que quizás nunca llegue. Y por las noches, el dolor golpeará tu esternón y despertarás sobresaltado, buscando en la oscuridad una silueta ausente. Con el tiempo, esto sucederá menos. Pero jamás olvidarás.
-No deseaba saber eso.
-Te digo lo que necesitás saber, no lo que querés escuchar. No pidas consejos, Soñador, no hay quien pueda darlos. Aunque existen soluciones, claro…
-¿Cuáles, Lucifer?
-Está ahí el viejo Tempus, el tirano exiliado. Su accionar todo lo cura. Aunque no creo que estés dispuesto a esperar.
-Corro riesgo de desangrarme.
-Podrías tratar de ver lo que sucederá. ¿Qué hay del más viejo de los Aneuteloi, el que es?
-Siempre luché contra sus adoradores. Por eso somos hermanos de armas, vos y yo, desde un principio. Porque despreciamos la predestinación, porque negamos el destino.
-Cierto. ¿Tu hermana no podría ayudarte?
-Ella vendrá tarde o temprano. No hace falta dividir las cosas ahora. Aunque a veces incluso anhele la suave caricia de Muerte, la que alguna vez nos insufló vida a todos, no quiero que venga. No ahora. Porque quizás aún queden cosas por hacer. Porque no queda nada por perder, pero puede que exista algo por ganar.
-En ese caso, siempre queda la opción Lucero Del Alba.
-Nadie me da órdenes, Lucifer. No puedo rebelarme.
-¿Mi batalla contra Yaveh? No, Soñador, la otra opción. La segunda decisión: dimitir.
-¿Qué?
-Lo que oís. Dimitir. Abandonar para siempre tus responsabilidades. Dejar todo atrás, permitir que las olas devoren todos los castillos que construiste sobre la arena. Y comenzar de nuevo. Lejos de la playa.
-¿Y terminar tocando el piano en un bar? ¿qué tiene de especial eso?
-Soy el dueño. Y puedo tocar lo que quiera.
Sus manos se mueven velozmente sobre las teclas. A la tercera nota reconozco la canción. LET’S FALL IN LOVE.
Su rostro se torna inexpresivo, como de costumbre.
Me aproximo a la barra y me sirven otro whisky. La rubia me guiña un ojo con la botella en la mano. A mí me da igual.
-Hay demasiadas-dice Lucifer.
-Me da igual. Me da igual si hay miles, yo veo una sola; la veo en cada rincón. Me da igual lo que pasó antes y lo que vaya a pasar después.
-¿Cuántos lechos conociste, Dador De Formas? ¿Cuántas mujeres te acompañaron? ¿Cuántas te importaron? ¿Y cuantas te exiliaron para siempre?
-¿Exilio? Es probable, amigo, que demasiadas me hayan echado de sus vidas para siempre: son las que ya no sueñan conmigo. ¿Pero cuantos lechos he conocido? Los conozco todos. Ahí, en cada esperanza, revelo un mensaje arcano que no me pertenece. Estoy en cada suspiro, en cada plegaria desoída. Soy un sueño, todo cuanto hago es soñar.
Lucifer sonríe. Me tomo otro whisky.
-Este es el bar del olvido, Soñador, huele a humo y a las bibliotecas de la noche por un motivo. Acá es donde se refugian quienes sufren de Memoria. Nadie se marcha del exilio en la tierra. Ni hombres ni ángeles caídos retirados. Ni siquiera vos.
-¿Acaso prohibis?
-No doy órdenes. No las di durante La Rebelión ni las di en el infierno. Todos los que habían transgredido lo que en vida consideraron justo llegaron a Pandemonium gritando sus castigos. “Quemame, mutilame, violame”, decían. Y nosotros los recibíamos con los brazos abiertos y cumplíamos sus deseos. Esto no es la tierra de los condenados; es un refugio al cual todos acuden por propia voluntad. Nunca te marcharás. Nadie tiene poder para eso. Ni los sueños ni quienes los sueñan.
-¿Poder, Lucifer? Quizás yo no tenga poder ni acá ni en ninguna parte, pero, respondeme, ¿qué sentido tiene la condena sin el sueño de la redención?
El tiempo se detiene y luego, cataclismo: Lucifer ríe a carcajadas.
Una pelirroja abre la puerta frente a mí.
Él toca STARWAY TO HEAVEN en un dejo de ironía y me pregunta:
-¿Dónde irás, pequeño corazón roto?
-Debo arreglar cuentas con un viejo enemigo en común.
-Ya veo… él. Luego podrás contarme el resultado de tu encuentro con ese hijo de puta soberbio y egocéntrico.
No respondo. Acelero el paso y salgo del bar. Afuera, en el mundo, llueve.
Llueve sobre las ciudades y los templos, sobre los infelices y los derrotados. Llueve sobre los cadáveres de los amores nonatos y sobre las desvanecidas huellas de la felicidad. Llueve sobre las promesas de los titiriteros y sobre la pasividad de las ovejas. Llueve y esa lluvia es un bautismo de tristeza.
-Genial-digo a nadie mientras me interno en la ciudad solitaria, donde los hombres buscan compartir sus silencios y las mujeres eligen creer.
Delante de mí se erige la Catedral Al Desprecio. Sé que ÉL está ahí, esperándome.
Tenemos cuentas que saldar.







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