lunes 6 de septiembre de 2010

Convergencias

Decía José Pablo Feinmann, en su ensayo La Sangre Derramada, que uno de los grandes problemas contemporáneos en la lucha de los oprimidos es el desconocimiento de aquellos que transitan las mismas epopeyas en frentes distintos.

El piquetero que corta la ruta para defender su empleo sin auxiliar al docente en paro que defiende su sueldo. El docente en paro que no apoya al estudiante que toma un colegio en reclamo de mejoras edilicias. El estudiante que no defiende al piquetero. Un círculo vicioso donde distintas guerrillas combaten las nefastas actitudes de la hegemonía sin unificar fuerzas; sin comprender que su adversario es uno, como uno es el problema.

En el panorama actual el Hombre En Serie, ese, el que José Ingenieros llamara mediocre, se desentiende del Todo. No es de su incumbencia el destino de piqueteros, docentes ni estudiantes. Ni de inmigrantes, ni de villeros, ni de nadie que no sea él mismo. Es un indiferente. Le da igual todo lo que no le afecte de modo directo. Un producto de la globalización que tanto aterrara a Feinmann en su libro antes mencionado.

Pero por otros lares suenan los tiros. El filósofo publicó su obra en 1998. Un año antes de La Batalla de Seattle. Un año antes que los norteamericanos ganaran las calles para protestar contra la Organización Mundial de Comercio, un año antes de la eclosión del Movimiento Antiglobalización. A raíz del llamado de sindicatos, ecologistas, docentes, periodistas, feministas, anarquistas y algunos individuos sin mayor ostento de ideas que la pura consciencia y solidaridad, el pueblo (y esto no es retórica populista) pisó el pavimento y dejó oír su voz.

No se triunfó, pero se sentó un precedente. Desde 1999 hasta la fecha las convocatorias han aumentado progresivamente. Los activistas de distintos sectores comienzan a comprender que el problema de uno es de todos; que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, por usar un cliché.

Hoy Europa sufre las consecuencias de la globalización: la crisis económica. Y, como ayer, se busca un chivo expiatorio; y, como ayer, el responsable a juicio de los necios es el extranjero, el inmigrante, el gitano. El único que en el siglo XXI puede ser considerado El Otro, ahora que, al menos en teoría, hemos superado la imbecilidad del juicio de valor ligado a la raza, la clase y la sexualidad.

Y hoy Francia remite a 1944. La Francia Libre y la Francia de Vichy; los que pretendían aplastar a la sanguijuela nazi y los colaboracionistas. Nicolas Sarkozy se queja de los extranjeros y su pueblo se queja de él.

El fin de semana pasado hubo manifestaciones en más de 130 ciudades en defensa del oprimido. Y, como ocurrió en Seattle, se reunieron activistas de espacios distintos: gente de derecha, gente de izquierda, militantes por los derechos civiles, militantes por los derechos de los inmigrantes, socialistas, anarquistas, Amnistía Internacional, incluso cantantes, como Jane Birkin.

¿Por qué? Memoria, quizás. Tal vez el hombre comienza a comprender las palabras de Niemöller, atribuidas a Bretch: “Primero vinieron por los comunistas, y yo no hablé, porque yo no era comunista”. Hoy vienen primero por los inmigrantes. Y los nativos gritan, porque luego vendrán por ellos. O no.

Gritan por solidaridad. Gritan por el gobierno, responsable de la crisis, que pretende culpar al inocente por sus propios errores. Gritan porque vimos esto hace setenta años. Gritan para consolidar una sociedad inclusiva. Gritan.

Y acá el obvio, y necesario, paralelismo es la referencia al Matrimonio Igualitario sancionado en julio en Argentina.

Fue militado por homosexuales, sí, pero también por personas de izquierda, por activistas de toda bandera y, especialmente, por ateos. Porque en la vereda opuesta se encontraba la ignominiosa cúpula de la Iglesia Católica. ¿Cuando el ateo será sujeto de hecho para la ley, que no contempla su existencia en ningún documento y por ende no lo protege del mismo modo que sí protege a los practicantes de todos los cultos? Nunca, si no se limita la esfera de influencia de la institución católica, histórica arpía metida en cuestiones de Estado, soez manipuladora conservadora, que pretende limitar los contornos de la sociedad, entidad dinámica si las hay.

La suma del ateo a la causa del homosexual es necesaria. Es la misma situación vista en Francia el fin de semana. Y en Grecia durante los disturbios de mediados de año. Y en Génova en 2003. Y en Seattle en 1999.

Similar al Matrimonio Igualitario es la nueva ley que regula los medios de comunicación. No es necesario repetir lo antes dicho, pero sí hay una nota obligada de por medio: el enemigo tergiversa los hechos. Miente, inventa motivaciones irreales.

La vieja ley dictatorial fue una herramienta imprescindible para el control de Argentina por parte de Videla y sus correligionarios de la Secta de la Tortura. Hoy cae. Y no es un asunto menor, no atañe sólo a los obreros de los medios de comunicación. Quien se suma a su lucha no lo hace necesariamente por oficialismo, como afirman algunos. Se hace por consciencia.

Pluralizar las manos que manejan los medios (desde donde se construye el consenso; desde donde se vende ficción como realidad y hechos como fábulas) es imprescindible para ampliar las voces que se alzan. Todos los diarios, radios y estaciones de televisión son funcionales a quienes los sustentan económicamente, pero si ya no es un único lobby quien maneja la totalidad del negocio, si las distintas facciones pueden prepararse en condiciones de igualdad para el combate, nuevos puntos de vista, antes excluidos, pueden ingresar en la hegemonía y transformarla, al menos en parte. Porque lo que entendemos como realidad desde la concepción metafísica está dado por el consenso. Desde el concepto estético que hace de un par de tetas un BUEN par de tetas hasta la xenofobia.

Así las fuerzas afines comienzan a converger. Así se unifican los frentes. Así comienza a menguar el desconocimiento del otro.

Así el señor Feinmann puede estar más tranquilo. Quizás el panorama global en el futuro inmediato no sea tan oscuro como los agoreros vaticinan. No hay nada obligatorio en la historia, ya se ha dicho, pero sí existen agendas para determinados intereses. Intereses que tienden a explotar a los muchos para beneficio de unos pocos.

Hoy los muchos comenzamos a caminar juntos. Nos aguardan años interesantes.

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domingo 5 de septiembre de 2010

Capítulo II: Solve et Coagula

Capítulo II

Solve et Coagula



3:39. La madrugada es fría. En las calles vagan, errantes e insomnes, los que insisten, con torpeza, en acompañar sus soledades. Hombres y mujeres curtidos por una realidad que, un día entre los días, les avisó que ya eran adultos, que los sueños no llegarán, que esta es su vida.

Cero camina, dubitativo, con rumbo a OLVIDO, un bar under donde se dan cita algunos espécimenes que necesita ver. Las progenies de la noche, demasiado pequeños para ser hombres, demasiado grandes para ser críos. Confundidos, sin identidad, manipulables. Y algunos que saben muy bien lo que hacen. Son estos los que tienen, quizás, las respuestas que busca.

En la puerta un individuo de dos metros finge ser el encargado de seguridad. Los brazos cruzados sobre el pecho, la expresión agresiva, mira al joven como miraría a una fosa séptica.

–Dejame entrar –dice Cero.

–No estás en la lista.

–Vos no tenés lista, Cerbero.

–No importa. Andate, Cero. Ya no sos bienvenido acá.

–¿Quién lo dice?

–Yo.

–Ya veo. Tengo algo que puede hacerte cambiar de opinión.

–Si intentás algo...

–Tomá –dice y le extiende un billete de cien.

–Los años te hicieron inteligente.

–Si así fuera, no estaría acá.

Cerbero da un paso a la derecha y permite el ingreso de Cero. Él se interna en la oscuridad, atraviesa las nubes de humo, es cegado momentáneamente por una veintena de luces de colores, empuja desconocidos en el trayecto, para abrirse paso. Contempla las mesas a los lados. No ve rostros conocidos. Camina hacia la barra. Ahí está Ágata, la anciana dueña. Se aproxima.

–Tiempo sin verte, mujer –saluda.

–Cero... –responde ella, fría, distante.

Él se sienta. Apoya los codos sobre la barra y entrelaza los dedos de las manos.

–¿Vas a tomar algo?

–Whisky.

La septuagenaria sirve. Él deja el dinero para pagar la bebida junto al vaso. Evita mirarlo a los ojos. Algo no está bien, piensa Cero. Guarda la botella y finge ordenar algo en el exhibidor.

–¿Me vas a dar la espalda toda la noche, Ágata?

–¿Para qué viniste?

–Para hablar.

–No creo que yo tenga algo que decirte.

–No sé. Por cierto, Cerbero no me quería dejar entrar. Tuve que sobornarlo.

–Espero que no lo hayás lastimado.

–Ya no le pego a la gente. Le pagué cien mangos.

–Parece que maduraste.

–No tanto como vos.

–Yo soy la misma de siempre.

–Tenés 72 años y te vestís como estas pendejas. No me jodás con eso.

Silencio. O algo que se le parece en un extraño modo. El lugar es atronado por una canción oscura y victimista de alguna banda compuesta por millonarios de Europa del este. Pero ellos dos no hablan. A la mujer le dolió el comentario. Quizás tanto como le duele el espejo. Quizás menos. Lo cierto es que la enferma.

–¿Qué buscás, Cero? No creo que hayás venido por mí.

–Respuestas. ¿Dónde puedo encontrar a Gurdjieff?

–Cerca.

–¿Todavía viene por acá?

–Está acá ahora mismo. Llegó hace una hora.

–No lo vi...

–No buscaste bien. Su mesa habitual está cerca de los baños de minas.

–¿Está acompañado?

–Siempre.

–Mejor.

Cero se pone en pie. Sólo ahora la mujer se vuelta y lo mira para hablarle. Ella siente un escalofrío recorrer su espalda.

–¿Por qué los buscás a él?

–Por Vanina.

–¿Vanina?

–Vanina, mi ex novia.

–¿Ah?

–Rubia. Metro sesenta. Iguana tatuada en el cuello.

–Buenas tetas y risa de caballo. La recuerdo. Ella fue... –Ágata no se atreve a terminar la frase.

–¿Fue qué?

–Nada.

–Decime.

–No, dejá.

–¡Decime!

–¡Ya te lo va a decir Gurdjieff!

–¡No me importa!

La anciana resopla y muerde su labio inferior, disgustada. Cierra los ojos por un momento. Luego, retoma la palabra.

–Fue Leah.

–¿Leah?

–Es el nombre con el que se la conoció después de... después de vos.

–Leah...

–Empezó a usar ese nombre mientras estaba con Gurdjieff.

–Leah...

–Sí.

–Está muerta.

–Lo sé.

Cero cierra los ojos. A Ágata no le importa. Quizás sólo a él le importa lo suficiente como para buscar una respuesta. Aprieta el papel en su bolsillo, la esquela que ella le dejara. Inspira profundo el tóxico aire del bar y, sin mediar palabra, camina con rumbo a los baños.

Ahí está Gurdjieff, acompañado por dos chicas de unos veinte años. Él no le habla. Toma una silla
cercana y la acerca, la da vuelta y se sienta con los brazos sobre el espaldar.

–Cero. Tanto tiempo –saluda, risueño, el individuo.

–No te hagás el simpático.

–Soy simpático. ¿Ya no te acordás?

–Preferiría no recordarte.

–Yo también te extrañé.

–Dejá eso. Tenemos algo que saldar.

–¿Te debo una cerveza o algo?

–Vanina.

–¿Quién?

Cero gruñe. Enseña los colmillos. Algo, profundo en su interior, comienza a arder. El rencor y la impotencia comienzan a adueñarse de su cuerpo.

–Leah –murmura.

–Ah... la chica del Magus.

–¿Magus?

–Sí. Una historia triste. Estuvo una temporada conmigo antes de irse con él. ¿Fue novia tuya también, no?

–Yo te la presenté, pelotudo.

Silencio. Las dos acompañantes de Gurdjieff se miran, confundidas. Entienden que están donde no deben, que sobran en esa mesa. Pero no se retiran.

–¿Viniste por eso? –pregunta Gurdjieff tras reponerse de la impresión inicial. No recordaba haber visto a Cero acompañado por alguna otra mujer.

–Sí. Y no.

–¿Sabés cómo murió?

–Tengo una idea.

–Vení. Vamos a tomar aire. Acá no se puede hablar.

Se incorpora y camina hacia la salida. Cero lo imita. Ya en la vereda los dos hombres fuman, como preámbulo a las tempestades que vendrán. Un clavo en el ataúd, para acercar un paso más la muerte, para comprender su naturaleza. Porque los hechos fueron tan atroces, tan macabros, que sólo aquellos que saben cercano el fin podrían imaginarlo.

–Decime lo que sabés –murmura Gurdjieff en la solitaria penumbra de la madrugada metropolitana.

–Violación seguida de asesinato.

–Sí. En pocas palabras, sí. Pero es mucho más profundo, Cero. Tenés suerte de no conocer el asunto.

–Explicate.

–¿Seguro?

–Sí.

–Nadie sabe el momento exacto, ni el lugar exacto, pero fue hace poco y cerca. Al menos cuatro hombres, aunque nadie sabe sus identidades. Fue lento, amigo mío.

–¿El asesinato?

–Todo. Antes de verla por última vez habló con algunas personas. Dijo que iba a irse, aunque no dio muchos detalles. Se preparaba para un ritual.

–¿Ritual? ¿Seguís con eso?

–Lo mío era humo y espejos. Lo sabés.

–Sí. Trucos de cuarta para impresionar minitas.

–Lo del Magus no es así. Es mucho más hardcore.

–¿En qué sentido?

–No se conforma con un polvo, Cero. Ese tipo necesita más. Siempre necesita más. Es peligroso.

–Dejá de dar vueltas.

–No quiere admiradores ni amantes. Quiere esclavos.

–¿Los consigue?

–Sí. No es efectivo con todo el mundo, pero en general se sale con la suya. No era un espectaculo agradable ver a Le... a Vanina con ese tipo. La sumisión... es indescriptible. En los últimos tiempos ella hacía cualquier cosa que él le ordenara. Cualquier cosa.

–Creo que entiendo –murmura Cero, mientras su mente se puebla de imágenes que preferiría no contemplar.

–No, no entendés –corrige el otro.

–¿No?

–No. En una ocasión la obligó a sacarse la pollera delante de todos acá a la salida del bar... –dice y se detiene, a la espera de una señal para continuar o no por parte de su interlocutor.

–Seguí –gruñe Cero.

–Le dio una botella de cerveza...

–Decilo, estoy preparado.

–Una botella de cerveza... no se sacó la tanga, la corrió nada más. Y...

–Y...

–Y la hizo me... orinar dentro. A la vista de todos. Después le ordenó que se lo tomara. Ella intentó, pero no pudo pasar el primer trago, vomitó en el instante. El Magus se enojó y le vació el contenido en la cabeza. Agarró la pollera y se fue. La dejó así en plena calle.

–Ella no sería capaz de... –comienza a decir Cero pero es interrumpido.

–No era la misma persona. Al final, no era la persona que conociste. No era la misma persona que estuvo con vos y conmigo...

Silencio. Cero aprieta los puños, iracundo, furioso. Baja la vista. Cabizbajo, intenta reprimir una oleada de ideas que acuden a su consciencia. Todos los “y si...” posibles transitan su cerebro.

–Viniste acá por una desconocida –sentencia Gurdjieff y su voz es ceniza que se esparce en la brisa de una madrugada que agoniza ya en la proximidad del amanecer.

–Puede ser.

–Es.

–¿Importa?

–Debería. Espero que no querrás saber más.

–Tengo que saber.

–Me lo temía. Lo que te aguarda es la oscuridad, Cero. Date la vuelta, seguí ahora. Olvidate de esto. Vanina ya no le importaba a nadie porque ella así lo quiso. Se desligó de todo afecto por los demás.

–¿Por todos?

–Excepto por el Magus.

–Ya veo. ¿Dónde puedo encontrar a ese tipo?

–No querés verlo.

–Sí quiero. Decime.

Gurdjieff suspira, resignado. Odia que alguien quiera vincularse con el Magus y se odia un poco por lo que va a decir.

–Él y su círculo ocultista vienen de tanto en tanto por acá, pero si querés verlo pronto no te sugiero frecuentar el bar. Lo seguro es encontrarlo en su orden esotérica.

–Ah, era con institución formal el asunto.

–Algo así. Se llama “Orden de los Ancestrales Misterios Thelemicos”.

–¿Thelemicos? ¿Cómo la Abadía de Thelema?

–Sí, le gusta Aleister Crowley. El edificio está en calle Rivadavia 1045. Lo vas a reconocer, tiene una placa en la pared con el nombre de la orden.

–Ya veo.

–No lo subestimés, Cero. El Magus es peligroso.

–No me tomo muy en serio que digamos a un tipo que ni siquiera usa su nombre de verdad.

–¿Y acaso alguno de nosotros lo hace? –pregunta Gurdjieff.

–Vanina lo hacía –murmura Cero.

Ya no hablan. Se paran uno junto al otro y observan el horizonte. Los primeros rayos de sol se derraman sobre el paisaje urbano. Es la señal que la gran bestia de cemente y concreto aguardaba para detener unos engranajes y activar otros. La ciudad despierta. Poco a poco quienes pueblan esta cruel civilización vagarán por el fabuloso Continente Gris, en busca del pan de cada día. Cero, por su parte, olvidará todo aquello relacionado con la vida. Comienza su búsqueda de La Parca; comienza su búsqueda del Magus.

Una tormenta se aproxima.

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All waters have the colour of drowning



Now I wish that every river
Would just stop its flow
But I fear that this waters
Just won't let us go
Not now, not tomorrow, not until
We're all down there below


Excelente tema para esta noche fría, aburrida y solitaria.

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martes 31 de agosto de 2010

Capítulo I: Fantasma

LOS DONES DE LA OSCURIDAD

Capítulo I

Fantasma


A Crowley, jodido genio mentiroso y manipulador.


–Ella sabía que iba a morir pronto –dice la mujer mientras las lágrimas surcan su rostro.

–¿Qué te hace pensar eso? –pregunta Cero, con voz suave, respetuosa.

–El día que... lo supimos, encontré una nota. No está firmada, pero es su letra.

–¿Qué dice?

–“No me extrañen. Los adoro” –la mujer baja la vista al pronunciar las palabras.

–Comprendo.

–Pero eso no es todo. Al día siguiente encontré otra. Y luego, dos más. No ha pasado un día sin que encuentre una nota para nosotros. Para sus hermanos. Para sus amigos. Por eso te llamé.

–¿Dejó algo para mí?

–Sí.

–¿Puedo verla?

La mujer asiente. Se incorpora y camina hasta una estantería del comedor en el que están. Toma una caja de cartón que alguna vez fuera el envoltorio original de algún calzado y examina el contenido, varias esquelas de papel. Hace un gesto de satisfacción al encontrar la que buscaba. Se la extiende al joven, quien la toma. Él duda por un segundo. Quizás es algo íntimo, sólo para él, y por eso debiera leerlo en voz baja. Pero sea lo que sea, la madre de la chica lo leyó antes. No tiene sentido guardar el secreto. Carraspea.

–Cero... mi último amor fugaz... si alguien podría haber evitado esto ese sos vos. Pero te eché de mi vida. No puedo culparte. Mi último momento de felicidad -pura, verdadera- fue a tu lado. No tiene por qué significar algo para vos. Pero para mí el recuerdo lo es todo. Sólo eso queda. Hasta siempre –concluye la lectura.

–No es tu culpa...

–Lo tengo claro –responde él.

–Pero hubiese querido que estuvieras acá para ella.

–El asunto con tu hija nunca fue demasiado serio. Lo sabés. Y a vos tampoco te gusté nunca.

–No. Nunca me gustaste. Odio a la gente sin un nombre de verdad, como vos, que no te conozco el apellido. Y definitivamente en tu DNI no debe decir Cero. No me gustás ahora, tampoco. Ni me gustaron la mayoría de los novios que le conocí. Pero a ella le importaste. Sos la única pareja, si así se te puede llamar, a la que le dejó una nota. Y lo que dice...

–Sí. Sé lo que dice.

–Vos podrías haberla salvado.

–¿Cómo? ¿Y de qué?

–De lo que sea que terminó con su vida. Vos sabés como estaba el cuerpo cuando...

–Unos amigos en común me lo explicaron.

–¿Y no te importa? –pregunta, dolida, la mujer. La indiferencia en la voz del joven la enerva.

–Sí me importa. Pero ella y yo terminamos hace dos años. Y durante quince meses no tuve ninguna noticia de su parte. Hasta... esto. Me duele, sí, pero dejó de ser parte de mi vida cuando me dejó por otro; cuando se fue con uno que decía ser mi amigo.

–No sabía eso –dice la mujer.

–Es lo que pasó –sentencia Cero y cruza los brazos sobre el pecho.

–Cuando terminó con vos fue cuando comenzó a cambiar. La ropa, las amistades, todo fue distinto desde entonces. Su vida se transformó de modo gradual. Vos me desagradás. Pero los que vinieron después... me daban ganas de vomitar.

–¿Los trajo acá?

–Sólo a uno. Era como vos, pero peor. Tampoco tenía nombre, sólo un apodo raro. Al resto de sus nuevas “amistades” las vi en la calle.

–Apodo... –murmura Cero.

–¿Qué?

–¿No sabés cual era el apodo?

–No.

–¿Y el tipo cómo era?

–¿Físicamente

–Sí.

–Alto, de tu estatura. Robusto. Tez oscura. Pelo corto. Muy corto. Tatuaje en el brazo derecho.

–¿Qué tenía tatuado?

–Una vívora.

–¿Roja, desde el antebrazo hasta la muñeca?

–Sí.

–Gurdjieff.

–¡Eso! –exclama la mujer al reconocer el término.

Cero suspira con enorme tristeza. Él los presentó. Apoya los codos en las rodillas y deposita el rostro sobre las palmas de las manos. Se toma un segundo para ordenar sus ideas. Es demasiado. Intenta no detenerse en los quizás ni en los tal vez. Ella está muerta y nada va a cambiar eso.

–¿Qué pasa? –pregunta la mujer.

–Nada –responde él y se pone de pie. –¿Qué te dijo la policía?

–Que se van a comunicar en cuanto tengan novedades.

–Típico. Creo que voy a investigar esto por mi cuenta.

–¿Qué?

–Voy a buscar al responsable.

–¿Vos?

–Sí.

–Nunca fuiste muy normal vos.

–No es novedad. Alguien tiene que hacerlo.

–La policía...

–La policía está compuesta por un manojo de ineptos. No encontrarían la torre Eiffel en medio de París –interrumpe él.

La mujer no responde. Perdió una hija y ese hombre no pretende consolarla. De todas formas, intuye que sus intenciones son benignas. Y quizás descubra algo.

–Me voy. ¿Puedo llevarme la nota?

–Sí... –afirma la mujer tras una duda.

Él guarda la esquela en un bolsillo y se despide con un gesto. No espera que lo acompañe a la puerta, conoce el camino y prefiere caminar solo. Tampoco a él le gusta esa mujer.

Una vez en la calle medita sobre los hechos. Sabe que el cuerpo de Vanina fue encontrado sin vida, violado y ultrajado, una semana atrás. Ella desapareció tres meses antes, pero según la autopsia había muerto pocas horas antes del descubrimiento. Tenía una serie de tatuajes nuevos que pudo haberse realizado, sin coacción mediante, durante el lapso en que su paradero fue desconocido. Además, había cientos de marcas de cigarrillo en su piel que podían, o no, ser autoinflingidos. El caso era un verdadero misterio.

Tal vez existieran pruebas en la escena del crimen, pero lo cierto, y él lo sabe muy bien, es que los forenses no van a investigar nada. Para ellos se trata sólo de otra puta muerta en la enorme e inhumana ciudad. No vale llegar tarde a cenar.

Sí. Otra puta muerta. Seis atrás supo que Vanina se prostituía en la zona del puerto. Le sorprendió. Sintió curiosidad. Incluso quiso ir a verla. Rondó las dársenas y los bares aledaños, pero jamás la vio. Eso resultó un alivio. No sabe qué le hubiese dicho de haberla encontrado. Le molestaba. Con seguridad era una exageración, pero la gente le había dicho que se la podía conseguir por un atado de cigarrillos. A veces por menos.

¿Dónde quedó esa chica dulce y alocada que compartió un breve, pero intenso, período de su vida? Quizás la madre tiene razón; quizás era otra persona al final.

Y Gurdjieff. Un cabrón malparido, un manipulador de poca monta que vivía de las mujeres. Se conocieron muchos años antes, cuando era sólo un cabrón. Había leído unos cuantos libros de esoterismo y convirtió esas ficciones en su fuente de acceso carnal al sexo opuesto.

Vanina era una persona muy influenciable. Un poco de humo y algunos espejos bastarían para convencerla de estar atestiguando magia real. ¿Y luego?

Cero enciende un cigarrillo. Sabe muy bien donde comenzar su búsqueda de una respuesta. Gurdjieff frecuentaba un círculo de lectura liderado por una tarotista, un grupo de estafadores de cuarta categoría. Será un buen punto de partida.

Palpa la esquela en el bolsillo. Decide sacarla. Relee. Recuerda de pronto algo que escuchó cuando era sólo un crío. Escribir es telepatía. Es enviar una idea, de una mente a otra, a través del tiempo y el espacio. Tarde llegó a él el SOS de Vanina. Tarde para salvarla y tarde para las lágrimas. Pero quizás a tiempo para hallar la verdad.

Los bellos en su nuca se erizan.

–Espectro –murmura.

Sin nada de esotérico de por medio, la chica se ha transformado en una aparecida, en un ánima errante, que vuelve en palabras garabateadas en trozos de papel, en ideas, en avalanchas de recuerdos y olvidos, de ausencias y anécdotas. Todo lo que fue está perdido para siempre; todo lo que fue, perdura en los ingenuos anhelos de eternidad de quienes la conocieron.

No la amó. Sólo fue una agradable compañía. Pero va a descubrir qué fue lo que ocurrió con ella porque su espíritu se ha presentado ante él y, con seguridad, lo acosará disfrazado de notas en la casa de su madre, de pesadillas, de canciones y aromas, hasta que la tarea esté cumplida.

Guarda el papel. Camina decidido desde el final de la historia hacia el comienzo. Porque un fantasma lo acosa. Y él, sin saberlo, acosa también al fantasma.

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lunes 30 de agosto de 2010

Recomendados

Cinco discos (re)descubiertos

1- One Cold Winters Night (Kamelot, imperdible la participación de Simone de Epica).

2- Live At Rock In Rio (Iron Maiden, 10 años después sigue siendo una trompada).

3- Wishmaster (Nightwish, hace mucho que no lo escuchaba, aún posee la vieja magia).

4- El Espíritu del Vino (Héroes del Silencio, su mejor trabajo).

5- Vulgar Display of Power (Pantera, ¿algo qué decir?).

Cinco libros (re)descubiertos

1- El Lobo Estepario (Hesse, una visión de los outsiders, una prueba de nuestra longeva existencia).

2- In Cold Blood (Capote, lo releo y la sensación, la tensión, la necesidad de seguir página tras página me remite a un ser humano... con nombre y apellido).

3- De La Tierra A La Luna (Verne, me rompió la cabeza de pendejo. Ahora recuerdo por qué).

4- American Gods (Gaiman, brillante como siempre).

5- El Matrimonio Entre El Cielo Y El Infierno (Blake, quizás el mejor poeta psicópata de todos los tiempos).

Cinco películas descubiertas

1- The Joneses (parodia o examen de la cultura de consumo, como quieran verlo).

2- In The Mouth Of Madness (genial, tiene sus años ya, pero es genial).

3- La Rafle (película francesa ambientada en la 2da guerra, bastante buena).

4- Desnudos (adaptación mexicana de la novela Cuatro Equis, zafa).

5- Zéro de Conduite (película francesa de 1933 dirigida por Jean Vigo, simplemente genial).

Recomendaciones recientes hechas a mí

La Filosofía y El Barro de la Historia (José Pablo Feinmann). Recomendado por: Lautaro. No me gusta Feinmann, demasiado redundante e insistente 4000 veces con la misma idea, pero parece un buen libro. Lo voy a leer.

El Orígen. Una película que "recuerda a un típico comentario Lobo". Recomendada por: Vale. La voy a ver... debe tener un sabor a Matrix o algo así.

¿Me recomiendan algo más?

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domingo 29 de agosto de 2010

Petición



FUENTE: La Pulga Snob

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El Escapista

¿Cómo reparar mis errores
y hallar los vientos de antaño?
¿Dónde están esos temores
que cobijaron mi llanto?

Perdidas las lágrimas,
despojado ya del miedo,
solo voy, como un ánima
extraviada en el tiempo.

Soy cenizas de una idea,
mártir cautivo del horror.
Late, corazón de piedra.
Late, aunque no haya razón.

Nuestras serán las heridas
de aquellos en el Marne.
Nuestras serán las víctimas
que ahora en el suelo yacen.

Porque no hay poesía festiva
ni fuego en mis entrañas.
Sólo soledad y ruinas,
angustias y esperanzas.

En el sueño de un cínico,
en olvidadas ficciones,
podría hallar mi paraíso,
mi tierra sin estaciones.

Estoy privado de la luz
que tiempo atrás me cegara.
Ahora soy como el caribú,
presa de la ruin manada.

¡Bautícenme una vez más,
oh, poderosas tinieblas!
Quiero volver a su verdad
o perderme en la niebla.

La única oportunidad
ha sido desperdiciada.
Sólo queda mi soledad
y una última palabra.

Quiero cambiar el pasado.
Quiero comenzar de nuevo.
Alcanzar el mar lejano,
fundirme en tus sueños.

Y ya nada de eso será.
Necio, ebrio escapista,
yo conjuré mi tempestad
en la sitiada bastilla.

Una última sonrisa
para un pobre perdedor.
Quizás vos sos mi utopía,
Shambhala, luz de un nuevo sol.

Y por imbécil me perdí
entre nubes de tormenta.
Lejos de vos, cerca del fin,
como quien juega al poeta.

Dejo atrás todos los hechos,
sendero del nihilista.
Dejo de ser un reo,
palabra del escapista.

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Yo ya sé que no soy poeta, pero a veces tengo la necesidad de hacer estas cosas :P

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